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Tenían razón cuando decían “mejor solo, que mal acompañado”

Por Phrònesis
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En las parejas se crean rutinas propias y compartidas. A veces se toman atribuciones excesivas que terminan por convertir a uno de los dos en blanco de ofensas. Las palabras hirientes y las agresiones físicas cortan la libertad de actuar con autonomía. En ocasiones uno se crea una idea errada de las respuestas del otro al punto de crear esquemas de contestación estandarizados.

Es como si se pensara que, al no responder al pie de la letra, se asumiera la actitud de no cooperación. Es así, como se ignoran por completo las actividades y opiniones del otro, despreciando su criterio por no actuar de la manera exacta como lo espera el creador del modelo.

Los pequeños malos entendidos

Por esta razón, existen casos en los que se le reclama al otro por no tener la ropa limpia y perfectamente almidonada en todo momento. En ellos, se ve reflejado el total desinterés por los gustos particulares del otro, las preferencias y más íntimos pensamientos acerca de las prendas preferidas de cada cual.

Es el nacimiento de los clásicos malos entendidos: uno cree que ha preparado la combinación perfecta (según sus propios gustos). Sin embargo, el otro se sale de sus casillas porque, a su parecer, es un atuendo ridículo y que desentona por completo con su personalidad.

En esas pequeñas desavenencias comienza el deterioro y desgaste del amor en una relación. En ocasiones, subestimamos el poder de los pequeños detalles. El enfoque está tan concentrado en estas diferencias, que la creatividad y resolutividad desaparecen. A ninguno de los miembros de la pareja se le ocurre preparar una cena romántica o llevar un ramo de rosas que, claramente, relajaría las tensiones entre los dos.

Estos pequeños desenfoques tienen el poder de separar hasta las uniones más fuertes. Se pueden establecer en el cerebro de cualquiera de los dos y salir a flote como respuestas agresivas o reclamos. El ambiente cariñoso va tornándose más pesado, comienzan las recriminaciones muchas veces inventadas. Son una suerte de herramientas defensivas que funcionan como regresiones para recordar las discusiones pasadas.

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Cuando estos malentendidos son frecuentes, el amor se empieza a desgastar.

Cuando la diplomacia se pierde

Los dos desgastan su capacidad de amar creando situaciones incómodas que enseñan a subvalorar a su pareja. Se crea un lenguaje donde “por favor” y “gracias” ya no existen. Las conversaciones se transforman en órdenes de tal para cual. Las exigencias son cada vez más estrictas. Este es el punto más peligroso porque es el límite entre la relación amorosa constante y la grosera disfrazada.

Entonces, las palabras “mi amor” o “mi vida” cambian a “por qué no hiciste tal cosa”. Luego, existe una alta probabilidad que la pareja pase a las malas palabras o las agresiones físicas. Por supuesto, siempre existe la posibilidad de dialogar, pero la semilla ya está sembrada. La secuela producida por la repetición de estas situaciones siempre estará implantada en la mente. 

Si no se ha llegado a estos “puntos peligrosos” es necesario recargar el espíritu con la paciencia y comprensión necesarias para erradicar las humillaciones de la relación.

Todo es excusa para estar juntos

Pasar el límite de estos puntos, conlleva a crear costumbres fuera de lo común donde las constantes peleas y maltratos verbales o físicos están a la orden del día. Se trata de establecer un nuevo tipo de relación donde la víctima justifica a su victimario sosteniendo la mentira tradicional en estos casos:

“Nadie es perfecto. Mi pareja tiene sus defectos. ¡Pero qué persona no los tiene! Tenemos nuestras diferencias pero, en términos generales, somos felices aún cuando discutimos en ocasiones. En la vida no todo es color de rosa”.

Es una mentira de tal calibre que mantiene palpitando a la rutina. Puede vivirse muchos años bajo el yugo de la monotonía como justificación a una convivencia obligada. En ella, se buscan otros tipos de intereses para prolongar el sufrimiento como los hijos, la desventaja económica, las frustraciones profesionales y la pereza, entre otros. De esta manera se argumenta el martirio.

La procesión va por dentro

Sin embargo, en el interior de cada quien, es bien sabido lo erróneo de vivir en este modo. Las parejas de este tipo experimentan el “amor” como una farsa, en ocasiones como un negocio o como la manera de mantener a los hijos. Desafortunadamente, el ejemplo no es tenido en cuenta y los niños pueden crear la percepción que “amar” es sinónimo de violencia y, seguramente, repetirán el círculo.

En otros casos, la situación es más extrema aún. Ya no se trata de un soporte económico ni de la existencia de los niños. Las razones pueden ser más débiles pero de mucho peso para la víctima. Por ejemplo, la insatisfacción sexual. Aunque parezca increíble, existen parejas conviviendo en la más absoluta pobreza, en medio de groserías y maltratos, pero que permanecen unidas debido al enorme entendimiento en la cama. Esto constituye una costumbre altamente satisfactoria a la cual se aferran los miembros de la unión para evitar el rompimiento.

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Cuando una persona siente que la relación está demasiado deteriorada es mejor dejar las excusas de lado y poner punto final

La idea errónea del “sexo salvador”

La idea de abstenerse de las caricias del otro es imposible de soportar. Increíblemente, los comportamientos toscos y rudos se vuelven parte de la satisfacción de vivir junto al otro.

La costumbre se hace tan fuerte que el amor y la dignidad propios están pisoteados. La prepotencia del más dominante maneja los caminos de la relación. Es un punto extremo ligado al apego sexual. Las nuevas relaciones no deben permitirse experimentar los alcances de estos “puntos peligrosos”. Esto se logra con el respeto hacia el otro, el diálogo constante e, incluso, la rebeldía para hacer que el otro entienda la individualidad de cada quien. Los gustos propios, el carácter y la personalidad son de vital importancia para el éxito de una relación de pareja.

La pareja es un equipo

No se deben permitir las decisiones individualistas y autoritarias que inclinen la balanza a un solo costado. Las decisiones deben tomarse en común, que cada uno sepa de la existencia del otro. A fin de cuentas, se trata de la vida de ambos.

El cuidado y la creación diaria de nuevos detalles amorosos es indispensable en la vida conyugal. De igual manera, la creatividad, comprensión, libertad y recreación del amor a diario debe ser un objetivo común. Al establecer un compromiso debe adquirirse la responsabilidad del diálogo y la innovación. Comprender y entender al otro debe ser la mayor opción. De otro modo, la relación caerá en la falsedad descrita anteriormente.

No se puede concebir una unión donde no exista un futuro cierto. Esto representa el paso del tiempo en vano. La realización particular nunca llegará. Si el objetivo no es otro más que mantenerse juntos, a pesar de todo la vida se gastará por completo. Esas son las relaciones que merecen una definitiva decisión que permita afirmar con certeza: “mejor solo que mal acompañado”.

Si decidiste decir adiós, es momento de buscar el camino hacia la felicidad. 

Referencia

MSc. Minor Vindas C. Máster en orientación familiar.

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