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Las pócimas de amor del cerebro

Por Dr. Rodrigo Isaza Bermúdez

Desde tiempos inmemoriales, el ser humano ha querido enamorar a quien no lo ama, y los brujos de siempre han gastado sus esfuerzos benignos y malignos para conseguirlo.

Desde la aparición del horóscopo y muchas otras artes adivinatorias, fabrican rompecabezas para acomodar una persona con otra, estructurando complejos cálculos que convencen para realizar lo imposible: que nos amen.

Las páginas web sobre el tema, las líneas telefónicas, los consultorios especializados no dan abasto programando matrimonios, uniendo separados y consolando depresiones. Sin contar con los analistas que justifican los fracasos mediante procesos de fortalecimiento de estructuras mentales para recuperar lo perdido o realizar una nueva vida con olvidos programados, para desaparecer ese rostro, su voz, sus encantos y ratos de encantamiento que destrozan vidas y vuelven el futuro en un túnel oscuro sin salida.

Cuando somos presa de la “tusa” o depresión por el rompimiento, nuestra labilidad emocional paga cualquier cosa. Esto hace que se nublen los sentidos y salga a flote el mar de lágrimas y recuerdos que nos lastiman y hieren sin compasión.

No hay nadie más voluble ni más sensible de caer en manos de charlatanes que van cambiando soluciones por nuestro dinero, citas intensas, conjuros recargados, terapias intensivas que hacen que se pase el tiempo mientras el bolsillo disminuye nuestro capital. Vamos cambiando alivio por dinero, pero la terapia “lo vale”, porque es el tiempo quien genera el alivio y no las soluciones cabalísticas o esotéricas del brujo de marras.

Como hemos hablado en anteriores escritos: tenemos un centro del dolor afectivo que se reactiva voluntaria o involuntariamente, hace que el recuerdo aflore y nos lastime, que el dolor persista sin solución, además permite que sean los recuerdos lancinantes los que nos pongan en cuidados intensivos afectivos sin una solución a la vista.

Walter Riso comentaba en una de sus conferencias, asistiendo al estado de deterioro de una de sus pacientes luego de una pérdida afectiva, cuando ella le decía que sin “su ser amado ella no era nada; que el otro, era el todo de su vida”. Y el análisis era contundente, si la otra persona es el 100 % de la vida de uno, simplemente uno como persona es 0 %.

Todo concluye que la desvalorización del yo es lo que causa que una persona no sea un valor a conseguir y por lo tanto nadie quiera obtenerla. Simplemente para determinar que, si uno no se valora, no pone sobre sí las cualidades evidentes de su personalidad, estatus y del yo; nunca va a salir del hueco donde se encuentra.

Pero volvamos al amor, ese sentimiento es un proceso neuroquímico que lo tenemos todos, desde el nacimiento la madre se enamora del hijo mediante la acción de una sustancia llamada oxitocina, esta estimula una serie de centros de felicidad, alguno de ellos como el núcleo Accumbens, que conecta otros neurotransmisores para perpetuar cada paso afectivo para solidificar el amor y que haga parte de nosotros en el cerebro afectivo: nuestro sistema límbico.

La pócima del amor se produce día a día, generando dependencia como el adicto en el casino, que juega todos los días y siempre pierde. La constancia del primero para enamorar al segundo necesita requisitos que no saturen al segundo y se pierda interés.

Los procesos de enamoramiento necesitan la validación diaria de un contenido afectivo que estimula en el otro la liberación de dopamina, esa sustancia se acopla con un receptor como una llave a la cerradura: cada vez se necesita de ella para obtener una respuesta que produzca bienestar, que se da a pequeños golpes de placer como se hace en los casinos, un juega, pero deben al menos haber pequeñas ganancias, al final se quedan con nuestro dinero, y la ansiedad por volver a sentir lo que sentimos nos hace volver para que el resultado final sea la adicción sin ganancias grandes.

El proceso de enamoramiento debe también producir por momentos la posibilidad de pérdida. Si una persona que nos está flirteando, lo hace frecuentemente, y por alguna razón interrumpe el proceso, genera en nosotros ansiedad por verla para sentir su presencia y su interés.

El halago interrumpido es una estrategia de los buenos conquistadores, y produce en el otro un proceso de búsqueda para obtener una respuesta. Este halago interrumpido nos produce adicción, pero también se debe generar en un punto determinante. La posibilidad de pérdida, como lo hacen los sentimientos de celos, cierran el negocio afectivo, se toma la decisión de tener esa persona cerca antes de que la perdamos, como sucede en una subasta, a veces pagamos más para que alguien no se quede con lo que queremos.

En el enamoramiento hay puntos de no retorno, como es la primera impresión, esa mirada, esa sonrisa, la situación ridícula que nos vincula con sus ojos y su cara, no acceder de entrada al encanto, hace difícil una segunda oportunidad.

La escala de interés para los encuentros debe estar llena de sinceridad, el halago sobredimensionado es percibido por el cerebro como falsedad. Si te encuentras con una persona gorda y le dices que está flaca, es tomado como una trampa falsa para obtener algo. Si en cambio se hace referencia de cómo le luce el vestido, honestamente, es percibido por el cerebro como una verdad y una valiosa actitud de aceptación.

Minimizar los defectos cambiando de tema, hace que se llegue al sistema límbico sin pasar por censor de nuestra corteza prefrontal que todo lo vuelve añicos, porque en forma analítica, desmenuza cada acción y palabra para determinar un objetivo. Con la misma persona obesa, que hace un comentario propio por su sobrepeso, puede ignorarse, diciendo: “Prefiero una gordita inteligente y tierna que una flaca bruta”, es una forma honesta y valedera para el halago sincero.

Nuestro cerebro hace sumas y restas, y cuando estamos listos, minimizamos las capacidades del cazador porque ya somos presas. En esa fase del enamoramiento no hay poder que valga, hay un borrador de defectos, se activa el Photoshop para ver nuestro príncipe azul, así sea un viejo verde.

La irracionalidad del amor es causada por una serie de neurotransmisores o pócimas de amor que hacen que las realidades disminuyan y la parte que genera ideas construya castillos en aire. Entra en juego la imaginación y la construcción de escenarios posibles sin miedo al futuro, por eso no hay dolor, los centros que lo producen, como la amígdala cerebral y la corteza orbitofrontal, donde están almacenados los sentimientos oscuros de experiencias pasadas, se cierran temporalmente al público.

El bienestar, producido por este letargo, compromete la racionalidad, inhibe las respuestas de la corteza prefrontal y los objetivos mentales alteran los órganos de los sentidos. Así se inicia la búsqueda del placer, que genera producción de más sustancias adictivas, la producción de morfina natural (endorfinas) que las hay en nuestro cerebro en cantidades industriales.

Nos hemos tomado el frasco del elixir del amor, y queremos volverlo a llenar. De ahora en adelante depende del otro mantener el suministro para producir y mantener la dependencia afectiva con elementos reales de buena calidad y doblegar al otro sin generar dolor ni desasosiego.

El cerebro enamorado vive un proceso de fantasía: los estímulos llegan a todos los órganos de los sentidos y alteran el procesamiento visual, auditivo, táctil, gustativo y estimulan nuestro sistema nervioso autónomo, en la producción de “mariposas en el estómago”, la percepción de la piel al viento,  del olfato a la primavera, el sueño es reparador, la respiración es profunda con suspiros para retirar el exceso de oxígeno de los pulmones, hay búsqueda de estímulos placenteros y al final una consolidación de todo el sistema afectivo (sistema límbico) minimizando los traumas normales de la vida diaria.

El amor puede volverse una necesidad de supervivencia, un proveedor de necesidades, en una persona con bajos recursos económicos. Esta última puede enamorarse bajo premisas construidas en la escala de valores para obtener, por este medio, cambios en su estatus con el cual competir, y el fortalecimiento del yo con el apoyo económico, suplantando los valores afectivos por ganancias, de otros bienes, es llegar al cerebro límbico, enfrentando el pago del afecto, y no es raro que “comprar el amor” es también una estrategia válida que permite llegar al otro mediante otro recurso, al final el que me cuida, me ama, el que me da, me quiere y es posible devolverle con los valores de la persona que no tiene recursos económicos: con su amor.

Diferenciar la necesidad y el interés es fácil para el cerebro. La persona que compra cariño, sabe que lo están explotando económicamente, pero a cambio, compra lo que desea sin importar el precio, es un negocio de oferta y de demanda. Al final el amor también es un negocio, en donde uno da para obtener lo que se quiere.

Puede que al principio se vea mezquino, pero la costumbre y la protección que se genera termina enamorándolos.

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