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Ruptura amorosa: en los zapatos del dejador

Por Phrònesis
Ruptura amorosa: en los zapatos del dejador

Ante una ruptura amorosa, lo común es que las personas se sientan conmovidas por el dolor que experimenta el miembro de la relación que no deseaba poner término al compromiso, también llamado: “la víctima” o “el abandonado”. Pocas veces pensamos en el difícil proceso que atraviesa “el dejador”, tal vez, porque asumimos que ha sido él quien dejó de amar a su pareja o quien carece de voluntad para continuar con la relación.

Los motivos que conducen al rompimiento de un noviazgo o matrimonio son infinitamente diversos y rara vez pueden atribuirse a una sola persona. En el contexto del “dejador” y “el dejado”, es importante tener en cuenta que ambos atraviesan un proceso de duelo significativo y que, el hecho de ser quien decide poner fin a la relación, no es sinónimo de frivolidad o indiferencia.

Las cosas no salen mal y te rompen el corazón para que te vuelvas amargo y te rindas. Te derriban y te fortalecen para que puedas ser todo lo que estabas destinado a ser.

– Charlie “Tremendous” Jones

De hecho, una ruptura puede acarrear efectos más perjudiciales para el dejador que para el dejado. Por un lado, es el dejador quien suele ser el objeto de chismes, habladurías y críticas en el entorno, lo que puede resultar emocionalmente desgastante, tomando en cuenta que gran parte de la ira proviene de personas con las que solía haber una relación positiva. Adicionalmente, el dejador debe maniobrar para lidiar asertivamente con el resentimiento, indignación o reproches (según sea el caso) de la ex pareja afectada por la pérdida, una tarea nada fácil tomando en cuenta el vínculo emocional.

Cuando existe, además, una dependencia económica o social por parte del “dejado”, la situación se complica aún más, ya que pueden entrar en juego sentimientos tóxicos como la culpa y el remordimiento. Así mismo, la existencia de hijos en pareja o de una tercera persona hace que el proceso de ruptura y sanación pueda ser muy escabroso, e incluso pueden surgir comportamientos dañinos como la obsesión, los celos patológicos y el acoso. 

“Al igual que los músculos, la vida está hecha de hilos que deben romperse para permitir que nazca algo mejor”.

Tampoco podemos olvidar que poner término a una relación (en especial, a una relación larga) no implica un proceso de asimilación automático, sino más bien lento. Pueden pasar meses e inclusive años antes de que seamos capaces de volver a sentarnos en aquel restaurante que adorábamos visitar en pareja, o escuchar nuevamente la canción que adoptamos como “himno al amor” en nuestra época de idilio. Esto afecta al dejador y al dejado por igual.

La ciencia asegura que, luego de una ruptura amorosa, el “Yo” atraviesa un periodo difícil donde debe hacer frente al hecho de que ya no existe un “nosotros”. Podría compararse la reconstrucción de la identidad con el proceso de curación de una herida. Adicionalmente, si en la relación existió abuso (físico, verbal o psicológico), ambas partes, tanto el dejador como el dejado, heredan las cicatrices a largo plazo y todo lo que implica haber sido marcado por la violencia.

En muchas ocasiones, “el dejador” es más propenso que “el dejado” a desarrollar problemas de ansiedad o depresión. Después de todo, la culpa es un fantasma que nos devora lentamente y nos seca el espíritu por completo.

Lo que ambos miembros de la relación disuelta deben recordar durante el duelo es que, lejos de ser un castigo divino o la peor desgracia que pudiera haber ocurrido, una ruptura siempre trae algo bueno consigo. Al igual que la dinámica de crecimiento de los músculos, la experiencia humana está hecha de “hilos” que deben romperse para permitir el desarrollo de algo mejor; perdonar al “dejador” es parte del proceso y la paz mental es la ansiada recompensa.

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