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¡Qué vergüenza! Y a ti, ¿qué te avergüenza?

Por Dra. Iris Luna
¿Por qué sentimos pena?, ¡Qué vergüenza! Y a ti, ¿qué te avergüenza?

“Me comenzó a los diez años. Me dijeron que era debido a mi candidez y al principio no me sentí tan mal. Después me di cuenta que no lo lograba controlar y se convirtió en mi peor pesadilla y sentía terror de ponerme roja. Lo peor de todo es que cada día se hizo más frecuente y me aisló de los demás. Afectó mis relaciones sociales y mis estudios, porque cada vez que preguntaba algo o intentaba participar en una conversación me ponía roja como un tomate y esto me generaba un sufrimiento indescriptible”
FM.

La vergüenza es un sentimiento bastante llamativo y visible, aunque tiene un origen complejo. Muchas personas piensan que se asocia a “sentirte pillado o descubierto en algo inadecuado”. Pero, no. No se engendra exclusivamente en un sentimiento de culpabilidad, porque se puede experimentar mucha vergüenza sabiéndose inocente. ¿Cuántos de nosotros no hemos sufrido bajo la mirada ajena por sentirnos ridículos o inadecuados para la ocasión? Un resbalón en el instante en que recibimos un diploma y la mirada de muchos está puesta en nosotros, o una frase mal pronunciada durante una importante exposición, o percatarnos de una mancha de sangre en nuestro vestido blanco, en medio de una reunión social de la que no podemos escapar, o sonrojarnos en el momento más inadecuado, pueden ser motivos para sentirnos humillados y empequeñecidos. El filósofo Spinoza nos dejó una definición interesante que vale la pena compartir: “La vergüenza es una tristeza acompañada por la idea de alguna acción que imaginamos desacreditada por los demás”. Es posible que ésta antigua definición logre acomodarse a tal o cuál vergüenza en particular, pero esto no nos permite afirmar que sucede lo mismo en todas “nuestras vergüenzas”.

Gracias a la llamada “autoconciencia” podríamos llegar a experimentar una dolorosa deshonra o vergüenza interior, aún en el caso de no haber actuado en ningún momento en forma inadecuada frente a los otros. Aquí llega la llamada “autoimagen” a complicarnos el panorama. Muchas personas no están contentas con el perfil que proyectan ante los demás, pues en sus cabezas siempre ronda la idea de una imagen idealizada. He visto en mi consulta personas que se sienten muy avergonzadas por las supuestas imperfecciones de alguna parte de su cuerpo, por el sobrepeso, por la familia en la que han nacido, por su estatura, etc. No se avergüenzan porque se sienten responsables de haber cometido algún error, sino porque se perciben a ellos mismos como disminuidos o poco adecuados o indignos para el medio en el que se mueven. Aquí, valdría la pena rescatar algunos postulados de Descartes, quien estableció una relación entre la vergüenza y el grado de amor y respeto que tenemos por nosotros mismos. Notemos algo, los seres humanos no sentimos vergüenza frente a los animales o cuándo estamos en completa soledad. Algunos aseguran sentir un calor intenso en las mejillas mientras sostienen una conversación embarazosa por teléfono o cuando se enfrentan directamente a la mirada de un observador que podría llegar a evaluarlos. Entonces, podríamos decir que la vergüenza es también un sentimiento de la persona hacía ella misma, pero a través de la mediación de alguien que observa. Respecto a eso Sartre afirmó lo siguiente: “La vergüenza es una aprehensión unitaria de tres dimensiones: Siento vergüenza cuando ese sujeto que soy yo y que represento se siente como un objeto visible para otro sujeto: Yo siento vergüenza de mí mismo ante el otro que me mira”.

También existe una variación más positiva de la vergüenza, la que ha sido llamada “pudor” y que se asocia a ideas de amplia aceptación (castidad, modestia, honradez, humildad, recato); y ese pudor hace referencia a las “virtudes que se guardan dentro de sí”. El filósofo Émile Maximilien Paul Littré lo define como una “vergüenza honesta”. Detrás de esta definición hay una hermosa paradoja: “avergonzarnos de lo que no es vergonzoso”. La historia nos señala cómo el enrojecimiento de las mejillas se ha asociado a un signo de belleza, juventud, buena salud, sensualidad. En muchas ocasiones el sonrojo femenino ha sido visto como un indicador subjetivo de modestia, candor y recato. Pleij, mencionaba lo siguiente: “el modelo medieval de la belleza femenina reclamaba unos esquemas de color blanco y rojo para el rostro”. Este esquema fue incorporado a las descripciones de la Virgen María “Su frente sobrepasa la blancura de los lirios… y sus mejillas son capaces de eclipsar a las rosas más rojas”. El atractivo de unos pómulos sonrojados obedecía entonces a simbolismos de la época, como asociar el color rojo al sentimiento amoroso, así como a indicadores indirectos de buena salud y adecuada alimentación. Existe una amplia evidencia en pinturas, esculturas y hallazgos arqueológicos de utensilios para la aplicación del rubor facial que han venido siendo usados desde la antigüedad por sociedades que pretendían dar a sus rostros (con el empleo del “colorete”) una apariencia más distinguida, atractiva y juvenil).

Bien, cómo acabamos de ver el rubor facial puede ser visto desde diferentes ángulos y tener diversas connotaciones. En este artículo deseo dejarles una reflexión acerca del sonrojo facial como un fenómeno físico asociado a las emociones autoconscientes incómodas como: vergüenza de si mismo, turbación, azoramiento o molestia. Estas emociones dependen de lo que la persona que las experimenta piensa acerca de los demás, pero también de lo que cree que los otros están pensando acerca de ella.

Es claro que todos, en algún momento, hemos experimentado vergüenza. ¿Quién de nosotros no “ha metido la pata” o “ha hecho un tremendo oso” en público, generando risas o miradas burlonas? ¿Quién no ha sentido esa curiosa mezcolanza de piedad, alivio e hilaridad (“vergüenza ajena”) por no estar metido en los zapatos de alguien que ha hecho el ridículo o ha cometido una torpeza? La sabiduría popular nos ofrece el término “¡qué me trague la tierra!” para definir ese deseo de retirada inmediata de la situación bochornosa. Experimentar “vergüenza” de manera esporádica es algo desagradable; pero vivir cada día, con la vergüenza a flor de piel (rubicundo) puede generar un sufrimiento espantoso para quien lo padece. Hay personas que sufren de una vergüenza casi permanente, lo que les impide tener una vida de buena calidad y hasta los puede llevar al aislamiento e intenso sufrimiento mental. A continuación les mencionaré algunos trastornos psiquiátricos que suelen asociarse a este tipo de vergüenza incapacitante:

  • Trastorno de ansiedad social (fobia social)

  • “Ereutofobia” o pánico a ruborizarse (fobia simple). Las personas que padecen de ereutofobia (del griego “ereutos” rojo), albergan un gran temor a ruborizarse.

  • Trastorno Dismórfico Corporal o “Dismorfofobia”, también denominada en 1903 Por Janet “Obsesión por la vergüenza del propio cuerpo”

Por otra parte, es muy importante mencionar un trastorno fisiológico llamado: rubor facial patológico, que sin duda alguna va de la mano con la “Ereutofobia” que acabo de mencionar. El rubor facial patológico afecta a un grupo importante de la población (1-2%) y se caracteriza por ataques de rubicundez en el rostro, las orejas y a menudo el cuello, acompañado usualmente por sudor y una sensación de hormigueo o calor intenso en dichas zonas.

Los episodios de rubefacción son involuntarios, incontrolables y pueden ser desencadenados aún por emociones mínimas. El rubor facial patológico origina un gran sufrimiento psíquico e interfiere significativamente con la calidad de vida y desempeño social y profesional de quien lo padece. La enfermedad se produce por una inadecuada compresión de los vasos sanguíneos del rostro; y los factores que desencadenan este padecimiento son comunes a los de la hiperhidrosis, esto es una sudoración exagerada de alguna zona del cuerpo, como manos o axilas. Lo peor es que la propia idea de enrojecer ya provoca sofocos y enrojecimiento en la persona afectada, incluso estando sola. Vemos cómo el acto de ruborizarse en algunas personas no es un fenómeno trivial ni pasajero. Infortunadamente, la mayoría de personas que sufren de rubor facial patológico, no consultan al médico porque suelen asociarlo a timidez extrema o en algunos casos a “falta de carácter” .

Es importante destacar que el rubor facial patológico tiene tratamiento. En general, es manejado por un equipo de especialistas conformado por cirujanos de tórax, psicólogos cognitivos-comportamentales y psiquiatras.
El tratamiento quirúrgico del rubor facial patológico consiste en: desconectar la cadena del sistema nervioso simpático que controla la sudoración y el enrojecimiento. El cirujano realiza una incisión en cada lado del tórax de dos centímetros para introducir una pequeña cámara y localiza la cadena simpática. Esta se secciona, deja de emitir impulsos e interrumpe las señales nerviosas que llegan al cerebro. No obstante, cada caso debe ser evaluado de manera individual y algunos pacientes responden bien a la farmacoterapia, al tratamiento cognitivo/conductual y no necesitan recurrir a la opción quirúrgica.

Considero que lo fundamental es mantenernos bien informados acerca del tema y buscar ayuda profesional si consideramos que podríamos tener rubor facial patológico u otras enfermedades psicológicas que nos hacen ruborizarnos o avergonzarnos ante cualquier estímulo.

Si bien, según palabras de Darwin “el sonrojo corresponde a la más peculiar y más humana de las expresiones”, cuando dicho rubor se torna incontrolable para quienes lo padecen y despierta a su paso emociones tan desagradables como la vergüenza, todos sus afectados desearían desprenderse para siempre de su típica, dolorosa e intrusiva manifestación de humanidad.

 Lectura recomendada

Jadresic Enrique. When blushing hurts. Overcoming Abnormal Facial Blushing; I Universe; Bloomington; 2008.

Por: Dra. Iris Luna
Médico psiquiatra – Máster en nutrición
Especialista en sobrepeso y obesidad
Contacto: iluna@phronesisvirtual.com

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