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¿Por qué debemos hacernos más preguntas antes de tomar decisiones sencillas o trascendentales?

Por Dr. Diego Castrillón
¿Por qué debemos hacernos más preguntas antes de tomar decisiones sencillas o trascendentales?

Hay un principio natural del que no podemos escapar: la incertidumbre. A pesar de todas las leyes naturales que rigen el universo en su magnífica extensión, de las leyes de la interacción de cuerpos pequeños como nosotros (en comparación con los cuerpos celestes) y de las increíbles normas de lo infinitesimal, la interacción de variables que crea incertidumbre o entropía es del orden de miles de millones de posibilidades. No obstante, en nuestro desarrollo como especie, fuimos heredando la capacidad de controlar una parte de nuestro ambiente, de nuestras relaciones, de nuestra conducta, emociones y pensamientos, y fuimos creando un modelo de control interno y externo que dio como resultado la falsa percepción de eliminación de la incertidumbre. Nuestra mente creó la falacia de la inmutabilidad: la mente piensa en una línea de tiempo en la que no hay fin, en donde las cosas no se acaban, en la que hay estabilidad, en la que los cambios son provocados por la intención propia o ajena, en la que la muerte le pasa a otros. La mente inventó la estabilidad inmutable.

Por eso nos hacen tanto énfasis desde la psicología, desde las teorías administrativas y desde diversos modelos filosóficos en el cambio, en la aceptación de él, en la necesidad de adaptarnos a nuevas condiciones, en su importancia para el aprendizaje, el crecimiento personal y la integración de nuevos conceptos a la vida cotidiana. Crear un modelo de aceptación de la incertidumbre, de adaptación al cambio y de búsqueda de novedades permanente, se conoce en psicología como flexibilidad cognitiva y no es tan frecuente ni tan fácil de integrar como creemos. Pero que se puede ir construyendo… por supuesto que sí (aunque es más fácil para unos que para otros, dependiendo del estilo de personalidad).

Crear un modelo de aceptación de incertidumbre no es vivir al día, sin planes, sin expectativas o sin norte. ¡Claro que no! Es un modelo que pretende ser realista con respecto a las posibilidades de acción o de desarrollo de un acontecimiento, buscando las mejores opciones de adaptación o de aceptación de él. Puede contar con varias variables tales como:

– Contemplar las variables posibles de desarrollo de una situación sin hacerse la trampa de ocultar las que son probables pero no de nuestro deseo. El pensamiento positivo ingenuo busca, por medio de la motivación, crear la falacia de control para intentar provocar a través de emociones positivas, resultados que no son emocionales (sin mucho éxito, por supuesto). Es como jugar a tirar los dados cuando lo que se requiere es mover una ficha de ajedrez. Al contemplar las variables se debe evaluar la probabilidad de ocurrencia, desde el más probable, hasta el más improbable, y no desde el que más gusta al que menos se desea.

– Utilizar frecuentemente la duda metódica como una vacuna para evitar certezas no realistas. Instalar un modelo de Zig-Zag en el análisis de las situaciones provoca mejores resultados en la medida en que se opta por el análisis de interacción de posibilidades, más que por un modelo basado en deseos. Este propone hacerse preguntas que amplían información, preguntas aclaratorias o preguntas incómodas que esclarezcan los hechos y permitan una toma de decisiones basadas en mayor ilustración, claridad, profundidad o densidad de la información. Un ejemplo sería algo como: Zig: Quiero invertir este dinero en X modelo para ganar una buena rentabilidad. Zag: tengo una buena cantidad de información sobre cómo opera el modelo, cuánta rentabilidad acumulada tienen sus clientes en los últimos 5 años, tengo certeza de la legalidad de este negocio y estoy seguro de su estabilidad en el tiempo? Zig: tengo buena información, pero no creo que en este momento me considere un experto. Zag: entonces es necesario profundizar aún más y tomar mi decisión cuando me sienta tranquilo de tener la información estructural que hace tomar decisiones con sabiduría.

– Aceptación y pronta renuncia. Tomar distancia de una persona, un animal, un objeto o una situación que valoramos o deseamos siempre será dolorosa y generará una incomodidad seguida de tristeza por dejar ir lo que nos importa. Aunque esta reacción es natural, se pueden observar personas que generan una nostalgia, una añoranza que atrasa la aceptación final. A esta ralentización usualmente le acompaña la autoconmiseración, la tristeza y el deseo (con frecuencia poco realista) de que todo sea distinto. Cuando las personas definen lo que pasó, sopesan su impacto, les duele lo que les tenga que doler, evalúan sus posibilidades de acción, aceptan lo que pasó y renuncian de manera realista a lo que no pueden conseguir, obtienen un plus en salud mental que pocas fuentes proveen.

– Adaptación. El apellido natural de la flexibilidad es la adaptación, que se define como la capacidad de integrar nuevas normas, procedimientos, creencias, niveles de análisis, o integración de nuevos conocimientos al acervo de conocimientos existente. En este mundo posmoderno, contar con adaptación es tener una de las plataformas más deseadas para tener la capacidad de aprender cosas nuevas en ambientes distintos y con personas cambiantes. Una persona flexible y adaptable cuenta con una poderosa herramienta de aprendizaje para lograr la integración de un mundo más diverso, que va a una alta velocidad de producción de información y conocimiento, y que exige saber un poco de muchas cosas y, al mismo tiempo, tener profundidad en la experticia propia.

Las preguntas a seguir son sencillas pero de poderoso impacto:

  • ¿Analizo las situaciones problema de la manera más cruda, realista y objetiva posible, tratando de entender para actuar?
  • ¿Soy capaz de hacer de la duda metódica, de la técnica del Zig-Zag una opción cotidiana para la adecuada toma de decisiones?
  • ¿Acepto las situaciones de la vida con facilidad y renuncio con prontitud a las expectativas no realistas que puedo tener en algún momento de pérdida en mi vida? ¿O me quedo dando vueltas, doliéndome sin renunciar a tiempo y esperando a que se opere un milagro (bastante escasos por estos días)?
  • ¿Soy flexible para aprender cosas nuevas y me adapto con facilidad a ambientes cambiantes? ¿O soy de los que se incomoda fácil y se queja de que las cosas no sean como se desea?

Estas reflexiones quedan para incentivar el deseo de cambio y para provocar nuevas formas de vivir.

Diego Castrillón, Ph. D., Magíster y especialista en Psicología clínica
Correo: diegocastrillonmoreno@hotmail.com

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