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Si no quiero casarme, tener hijos, o no me quiero volver a casar, ¿tengo un problema psicológico?

Por Dr. Diego Castrillón
Si no quiero casarme, tener hijos, o no me quiero volver a casar, ¿tengo un problema psicológico?

Yo crecí en una época en la que había un formato para vivir, las personas definían su vida dependiendo de la década en la que estuvieran: uno era muy joven para algunas cosas o muy viejo para otras. Si tenías 18 años y querías tener un hijo, te estabas apresurando, pero si estabas en los 40, ya era mejor no tenerlo. Los patrones de lo correcto e incorrecto estaban definidos y las personas se sujetaban a esos modelos para volverse los jueces de los demás con respecto a su forma de vida, sus pretensiones, logros, abandonos o emprendimientos. Con frecuencia escuchaba a los adultos decir que una persona era ”rara” porque se atrevía a vivir distinto, pensar distinto, a elegir otra forma de vestir, a permitirse libertades que no eran bien vistas por otros, a vivir como quería… las críticas eran feroces, había segregación social y esas personas terminaban siendo unas relegadas en la mayoría de los espacios ”normales”.

Yo tenía un pensamiento liberal desde niño, llegando a espantar a los adultos con mis preguntas o conclusiones de vez en cuando. Por ejemplo: cuando tenía 12 años, le dije a mi madre que quería ser donante de órganos voluntario. En esa época la mayoría de las personas evitaban hablar del asunto. Ella me miró un poco sorprendida y me dijo: ”Ese es un acto de amor, de altruismo y de bondad que lo agradecerá quien lo necesite, pero lo más seguro es que no te acepten como donante aún. Espera hasta cumplir la mayoría de edad. Mejor no hables de esto en público… no quiero que te miren distinto”. Quedé estupefacto, no entendía por qué un tema de ofrecer vida a quien lo necesitara después de mi muerte tendría que ser un tema difícil si a cualquiera pudiera pasarle. Cuando cumplí los 18 años, y tuve mi cédula, me inscribí como donante de órganos y me hice socio de la entidad que defendía los derechos de los que querían morir dignamente a través de la eutanasia. Mencionar esos temas, sobretodo el último, era causal de silencios incómodos, levantadas de ceja, miradas reprobatorias y rechazo velado o directo. Recuerdo concluir que algún día esos temas serían fáciles de hablar, pero que se requería de tiempo, paciencia, persistencia, pero, sobre todo, de personas distintas a todos nosotros que nos permitieran pensar en varios mundos posibles.

La sociedad fue cambiando, la migración temporal por razones académicas o de movilidad laboral fueron convirtiéndose en situaciones cotidianas y se masificó el conocimiento, la posibilidad de intercambiar opiniones y la capacidad de darse cuenta de lo que estaba pasando en el mundo, en tiempo real. Hoy, todo eso se ve tan cotidiano, tan común, tan parte de nosotros que no recordamos o no vivimos un mundo que no fuera como el de hoy. Alimentarse de tantas vivencias distintas fue dando como resultado una persona que tenía las condiciones de reinventar los formatos de cómo vivir y fueron llegando los valientes que, de manera un poco solitaria y aislada, fueron declarando la independencia de los criterios de normalidad social y permitiéndose vivir de forma distinta, estirando el tiempo, cruzando de una década a la otra sin definir lo que se supone que correspondía a ese momento y se dieron el chance de vivir como querían. Eso generó alarma inicial, rechazo y caricaturización de esa forma de vida, pero con frecuencia le decía a los padres de los adolescentes o adultos jóvenes que iban a mi consultorio psicológico espantados porque su niña había crecido, se había declarado homosexual, no quería comprar una casa y quería trabajar la mitad del año para irse a viajar en condiciones de estrechez económica el resto del tiempo: señora, señor, esto llegó para quedarse. Los adultos de hoy decidieron que no querían tener hijos, no querían casarse (o por lo menos, no tan pronto o en las condiciones estereotipadas socialmente), no querían tener propiedades, y estaban más interesados en hacer redes sociales, viajar, alimentarse espiritualmente (aunque no necesariamente desde un punto de vista religioso) y en conocer otros estilos de vida.

¿Son raros?

Son distintos. Su proyecto de vida no está definido por el matrimonio, los hijos o las propiedades. Como la expectativa de vida se amplió de 65 a 80 años, las condiciones sociales y económicas de las familias mejoraron, los modelos de contratación cambiaron de contratos vitalicios a contratos altamente volátiles, se privilegia la experiencia y las competencias sobre los títulos académicos, redefinieron lo que se consideraba prioritario socialmente, aprendieron que había que encontrar lo que les era importante individualmente, cuando antes se les imponía desde el mundo de los otros adultos, los de más edad. No hay ninguna rareza, psicopatología, o disfuncionalidad en nuestros adultos jóvenes de hoy. Están encontrando nuevos caminos vitales para ser felices, para vivir satisfactoriamente de manera distinta, para vivir intensamente. Eso requiere enfrentarse a lo que otros consideran correcto, a lo que se supone que se debe vivir, a lo que viene prediseñado para todos. Todavía hay estupefacción social con nuestros nuevos adultos y todos estamos aprendiendo a vivir en inclusión con personas que aparentemente serán adolescentes por muchos años, que no se comunican fácilmente con los adultos de hace más tiempo y que tienen una forma de expresarse emocionalmente distinta, con versiones temporales de todo lo existente.

Si una persona no quiere tener hijos, está en su derecho. Puede ser feliz sin ellos. Puede ser, incluso, más feliz que si los tuviera.

Si alguien no quiere casarse, pero quiere tener relaciones estables o, incluso, inestables, puede tener una mejor vida que el que se aferra a la estabilidad infeliz de un matrimonio conveniente pero de poco amor.

Si un ser humano no quiere vivir en condiciones de normalidad social, quiere ser un poco nómada y apegarse poco a los objetos materiales, puede hacerlo tan bien como el que atesora bienes o dinero y puede ser feliz con muy poco, por elección.

Si hay quien no desea tener una carrera dentro de una organización y renuncia a un trabajo que otros envidiarían porque le está costando ser feliz ahí, los psicólogos los animamos a encontrar una forma de vida en la que se equilibren los deseos con las posibilidades y los recursos.

No hay una sola forma de vida, así como no hay formas correctas de vivir, porque cada uno puede encontrar su destino de forma personal, a medida, buscando lo que lo satisface en equilibrio con lo que necesita. La sociedad hoy acepta, permite y alienta la diversidad, y estamos dentro de ese mundo… ese, el diverso, el que llegó para quedarse.

Diego Castrillón, Ph. D y Magíster en Psicología.
Correo: diegocastrillonmoreno@hotmail.com

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