Inicio ColumnasDel conocimiento hacia la salud Los pequeños científicos

Los pequeños científicos

Por pruebas
Los pequeños científicos

En una de las conferencias dictadas en el vigésimo octavo simposio nacional espacial en Estados Unidos, Neil deGrasse Tyson afirmó que los científicos son niños que nunca crecieron (1), esto porque los niños se dedican a conocer el mundo a través de procesos experimentales, y los científicos también. Recordaba también que los adultos somos los que permanentemente les decimos a los niños “no hagas”, “cállate”, “no preguntes”, contradiciendo los objetivos planteados en la crianza: hacer que hablen, descubran y entiendan el mundo.

Esto evidentemente indica que la necesidad de corregir a los niños que están a nuestro cargo en ocasiones se transforma en la idea equivocada de que los niños no pueden experimentar y conocer el mundo.

En realidad, si queremos que los niños se conviertan en adultos que se acerquen a la ciencia, debemos empezar por promover la curiosidad en sus primeros años, y en vez de promover que no exploren –porque hacen mucho desorden-, deberíamos promover que se interroguen acerca del mundo y que intenten responder a dichos interrogantes a través de experiencias cada vez mejor planteadas y gradualmente mejor sistematizadas.

La transformación de la mente de un niño convertida en la mente de un científico es un proceso que me intriga profundamente, es una pregunta que me hizo uno de los grandes maestros que tuve la oportunidad de conocer en el aula de clase, quien me dictó una de las mismas cátedras que el día de hoy tengo el honor de dirigir. La respuesta a esta pregunta es parcial, y sumamente compleja, pero los alcances de este pequeño artículo no llegan tan lejos; las pretensiones son mucho más modestas: pretendo dar cuenta de un fenómeno que resulta sumamente extraño y perjudicial, y pretendo proponer una posible alternativa para disminuirlo, es conocido como el efecto Dunning-Kruger.

Justin Kruger y David Dunnin (2) en el artículo “Inhabilidoso e inconsciente de ello: cómo las dificultades en reconocer la propia incompetencia llevan a una autoevaluación supraestimada”. Inician narrando el caso del señor McArthur Wheeler, quien en 1995 realizó un robo a un banco y para que no le vieran en las cámaras de vigilancia se roció jugo de limón en la cara; cosa que él creía le haría invisible a dichas cámaras de seguridad. Esto genera desconcierto para el lector -por lo menos me lo generó a mí la primera vez que lo leí-, y fácilmente se produce la idea de que este efecto es algo que afecta a los demás, pero no a uno.

Kruger y Dunnin hacen una aclaración aparentemente innecesaria: para casi todo en la vida es necesario tener algún grado de conocimiento para lograr con éxito lo que se haya propuesto; para poder discriminar cuáles reglas de comportamiento funcionan y cuáles no.

Pero la novedad del asunto es que, proponen que las personas carentes de dicho conocimiento no se dan cuenta de que no lo tienen.

Usan como ejemplo que, las habilidades para construir una sentencia gramatical correcta son las mimas habilidades requeridas para determinar si se ha cometido un error en dicha sentencia gramatical, entre otras (2).

Argumentan que las habilidades que engendra la competencia en un dominio en particular son las mismas habilidades necesarias para evaluar si alguien es competente en ese dominio. Por lo tanto, las personas que no saben de un tema en particular, no tienen las competencias para saber que no saben.

Si exploramos la situación, no es un fenómeno limitado a “los torpes”, sino que es un fenómeno que nos atañe a todos; esto en tanto por muy hábiles o conocedores que seamos, no podemos tener un conocimiento profundo acerca de todos los temas que existen, cuando mucho tendremos un par de áreas de conocimiento en las que somos expertos y habrá otras muchas en las que algo sabemos, pero estamos lejos de ser expertos, y por lo tanto todos seremos “torpes” en otras muchas áreas.

El reconocer que somos ignorantes en muchas cosas, puede afectar nuestra vanidad, pero es la senda que ha seguido nuestro desarrollo como personas: nacemos desconociéndolo todo y gradualmente vamos volviéndonos competentes en las actividades más básicas de la vida. Posteriormente, empezamos a profundizar sobre temas específicos en los que nos hayamos interesado, o que necesitemos para resolver algún problema, y tenemos algún conocimiento general que es producto de los procesos de educación tanto formal como informal, pero en muchísimas cosas seguimos siendo sumamente ignorantes. Eso implica que todos somos torpes en algo.

Pero darnos cuenta de cuáles son las áreas de conocimiento que dominamos y cuáles no, es un asunto muy complejo:

La metacognición es el término que se usa para el proceso de evaluación de la propia capacidad. Por ejemplo: se puede poner una tarea de memorizar elementos de una lista a una persona, y entre cada intento se pregunta cuántos elementos va a recordar en la siguiente ocasión, de esta manera se evalúa no solamente la memoria sino la metamemoria.

Aunque este es un buen inicio, darse cuenta de cuánto recuerdo y compararlo con el número que realmente recordé es una comparación más o menos fácil, pero cuando se trata de elementos que no son tan fácilmente objetivables, es más difícil construir la metacognición.

Se ha demostrado que los expertos en algún campo tienen mejores capacidades metacognitivas que los novatos. Esta experiencia fue repetida con físicos, jugadores de ajedrez, estudiantes de colegio, lectores, y conductores,  entre otros (2). Es decir, los expertos evaluados no solamente sabían más, sino que podían evaluar mejor su propio desempeño.

En el mismo estudio (2), compuesto por una serie de experimentos, comprobaron también que hacer que las personas compararan sus resultados con el de otros, no beneficiaba a los que les había ido mal y, solamente beneficiaba a los que les había ido muy bien, por lo que aquellos que no tenían la competencia no solo no lograban darse cuenta de su deficiencia, sino que tampoco lograban “ver” la competencia que sí tenían los que la tenían.

Este proceso metacognitivo, producto de la experiencia de evaluar el propio desempeño, es algo que se adquiere simultáneamente con las competencias que permiten desempeñarse de manera adecuada, por ello es tan importante que en la crianza se les provea a los infantes medios de autoevaluar lo que van haciendo.

En la misma serie de experimentos, la única forma como lograron promover que las personas a las que les había ido mal se dieran cuenta de su mal desempeño, fue realizando un proceso de instrucción, donde las personas adquirieron la competencia, y solamente, tras adquirirla y volverse muy buenos, fueron capaces de evaluar su pésimo desempeño previo.

En la práctica diaria de la crianza deberíamos evitar críticas o regaños que vayan a impedir que el niño continúe en la actividad, deberíamos permanentemente resaltar los logros que tengan, resaltar siempre lo bueno, pero también, generar indicadores que les permita a los niños ir viendo qué tan bien lo están haciendo, y en qué están fallando.

De manera que vayan logrando no solamente construir las competencias para hacer, sino también ir construyendo las competencias para autoevaluar su desempeño, por ejemplo: en una serie de juegos o ejercicios escolares, ir pidiéndole que evalúe qué tan bien lo hizo, al momento de mostrarle la manera correcta, y posteriormente pedirle que prediga qué tan bien cree que lo va a hacer en la siguiente ocasión, y hacerlo así mismo en toda la serie de ejercicios, para que ni infravalore ni supervalore sus reales competencias o conocimientos de ese tema específico.

Ahora bien, al momento de señalar el error hay que ser cuidadosos de no sobregeneralizar ni desalentar, por que el niño fácilmente podría abandonar la actividad al considerar ser castigado por el simple hecho de intentarlo, pero si no le dejamos ver cuando está mal, veremos cómo va a empezar a autoevaluar su desempeño mucho mejor de lo que realmente es y veremos cómo queda impedido de reconocer la habilidad o el conocimiento en quien si lo tenga.

La idea, definitivamente, no es menoscabar la seguridad en sí mismo, pero sí es asegurarnos de que no crezca creyendo que lo sabe todo, o que todo lo que hace lo hace bien, cuando nadie ni ha tenido ni tendrá esa capacidad.

Una forma que considero podría ser sumamente útil en este proceso es el aprendizaje social, descrito por el psicólogo Albert Bandura(3) es permitir que los infantes bajo nuestro cuidado nos escuchen afirmar tranquilamente que no sabemos. Esto cuando nos enfrentemos a algo que no sabemos y que, con la misma tranquilidad, asumamos el papel de buscar quien sí sabe para que nos enseñe, o buscar un libro donde se explique el tema en cuestión.

Esto implica un cambio en nuestra posición acerca del universo, que es en su mayoría basto y desconocido, y respecto del cual sabemos muy poco. Por lo tanto, a pesar de que nuestros mayores logros como especie se deben a los avances en el conocimiento y en el entendimiento del mismo, también debemos reconocer que nuestra ignorancia es infinitamente mayor a nuestro conocimiento, por ello debemos abrazar con tranquilidad nuestra ignorancia. Considero que esta actitud es la actitud que cualquier científico debe tener en orden de poder rasguñar un poco más de conocimiento, y es la vía para que los infantes crezcan con ganas de saber lo que desconocen, porque en primer lugar, logran reconocer que hay cosas que desconocen.

Por Psic. Hernando Padilla

Bibliografía
  1. Tyson Nd. Keynote Speech. https://www.youtube.com/watch?v=Zt4h8_N4OA42012.
  2. Kruger J, Dunning D. Unskilled and unaware of it: how difficulties in recognizing one’s own incompetence lead to inflated self-assessments. J Pers Soc Psychol. 1999;77(6):1121-34.
  3. Bandura A. Teoría del aprendizaje social: Espasa-Calpe; 1987.

Related Articles

Deja un comentario