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Nacemos y alguien nos recibe

Por pruebas
Nacemos y alguien nos recibe

Estos son malos tiempos. Los hijos han dejado de obedecer a sus padres y  todo el mundo escribe libros”, Cicerón.

“En el inicio es la relación. Naces y allí está el otro: tu madre, tu padre, la partera, alguien está allí; alguien que te mira, alguien que te recibe, que te sonríe o te mira con tosquedad. Alguien está allí. Tu vida es ante alguien, o con alguien, o contra alguien, o por alguien, o para alguien, o sin alguien. Eres tú y el otro. Yo y tú”. Jaime Barylko.

Nuestro punto de partida. Nuestra familia de origen no depende de nuestra libre elección. No podemos decidir quienes y cómo serán nuestros padres, si nos van a amar, a acoger, a rechazar o a ignorar, ni tampoco el entorno material, cultural y social donde creceremos.

Padres: no elegís cómo van a ser vuestros hijos pero sois su punto de partida.

Hijos: no elegís a vuestros padres, pero son vuestro punto de partida.

En cualquier caso, solo es eso: un inicio. A partir de ahí, será nuestra responsabilidad dar sentido y contenido a nuestra vida, elegir los caminos que andamos, cómo los andamos y con quien. Un punto de partida condiciona – y a veces de forma considerable – pero no determina, forzosamente, el futuro de nadie.

Todos nacemos tres veces

La tarea más importante en la vida de una persona es darse nacimiento a sí misma para llegar a ser aquella persona que potencialmente ya es”, Erich Fromm.

Hay tres nacimientos en nuestra vida[1]:

  1. Primer nacimiento: cuando empezamos a ser. Nuestra primera célula, a partir de la cual se inicia nuestra vida.
  2. Segundo nacimiento: cuando salimos del vientre materno.
  3. Tercer nacimiento: cuando tomamos conciencia de qué somos.

De los tres nacimientos solo sabemos el día y la hora del segundo. El tercer nacimiento es el más importante de todos, porque a partir del mismo, iniciamos nuestro proceso de construcción personal como seres humanos. La tarea más importante de nuestra vida va a ser darnos nacimiento a nosotros mismos para llegar a ser la mejor versión de la persona que, potencialmente, ya somos.

Todos somos hijos

La existencia puede ser un lugar muy oscuro y uno de los pocos recursos de que disponemos para iluminar las sombras es el afecto”, Rosa Montero.

Todos somos hijos. Esta realidad une a todos los seres humanos. Ser hijo no es fácil pero es algo que no podemos dejar de ser. Incluso siendo padres, somos hijos.

Cuando somos amados por otra persona, este amor supone un reconocimiento a nuestra existencia[2]. El amor es el material esencial para construirnos más humanos. Como hijos, hemos sido mejor o peor amados y esta pieza inicial va a influir, aunque no a determinar, toda nuestra construcción posterior.

Ser padres, en cambio, es una opción vital que merece ser cuidadosamente valorada. Conciliar estos dos roles no siempre es fácil. De hecho afirmamos que, si como hijos no hemos resuelto bien la relación con nuestros padres, como padres vamos a tener problemas añadidos con nuestros hijos.

 No escogemos a nuestros padres

 Será preciso rehacer el presente, si queremos sobrevivirnos”, Miquel Martí i Pol

No escogemos nacer ni ser hijos de nuestros padres; tampoco elegimos su manera de ser y hacer. Nos son adjudicados por factores que escapan a nuestra comprensión y que van más allá de la pura biología.

Durante mucho tiempo no cuestionamos su presencia, su ausencia, sus actitudes o su papel. Pueden ser de nuestro agrado o bien unos seres que ni nos gustan ni comprendemos. No obstante, más adelante podemos incorporarlos a nuestra “familia afectiva elegida” si así lo decidimos. También es posible que, en algunos casos haya quien – para sobrevivir o para poder bien vivir – decida apartarse de ellos. Ambas fórmulas forman parte de nuestro derecho a elegir y de la responsabilidad de dirigir nuestra vida de la mejor manera posible.

Pero, ¿quiénes son nuestros padres?

Años después de dar a luz me convertí en madre”, Erica Jong

¿Quiénes son estos seres tan próximos que nos han criado, con quien hemos pasado tanto tiempo, estas personas con la que hemos creado lazos afectivos que pueden ir del amar al detestar; estos seres que nos han transmitido su idea de la vida y han sido para nosotros modelos de conducta? ¿Quiénes son, realmente, estas personas que nos han transmitido su visión sobre nosotros y el mundo, que han decidido por nosotros y cubierto nuestras necesidades? ¿Qué sabemos, en realidad, de su vida íntima, de su relación? ¿Qué sabemos del tipo de pareja que formaban, si se amaban, si se abrazaban o si se daban la espalda? ¿Cuántos amantes, lágrimas, deseos, mentiras, verdades, ilusiones mantenían escondidas? ¿Cuántos proyectos aplazados, hundidos, olvidados? ¿Su vida de pareja y de familia los ha hecho mejores personas o, en el camino, han renunciado a una parte esencial de su ser y esto los ha hecho infelices?

Sabemos realmente poco de nuestros padres. Quizás, hemos creído adivinar o intuir algo; tal vez nunca lo hemos preguntado. Es posible que no hayamos querido saber. Puede que nos guardemos las preguntas importantes y prefiramos hablar de otras cosas con ellos: de la casa, la decoración, la política, los vecinos. Es posible que solo les mostremos un paisaje superficial de nuestra vida, evitando entrar a fondo en nuestro sentir más profundo. Muros  y más muros. Una comunicación tan superficial que casi no atraviesa la piel. Y después, un día, nuestros padres mueren. Nunca habremos sabido quienes han sido en verdad.

No todos tenemos que ser padres

Tan estúpido que, para encontrarle un fin a su vida, ha tenido que hacer un hijo”, Cesare Pavese

Ser padre[3] debería ser una elección muy consciente, hecha con la razón además de con el corazón, evaluando lo que significa llevar un ser humano al mundo y acompañarlo en su proceso de crecimiento. Supone tener conciencia de la importancia de hacer camino a su lado de forma activa y comprometida en su educación – este difícil proceso de convertirse en persona.  Ser padre supone crear el entorno óptimo donde los hijos puedan crecer en equilibrio, y darles seguridad afectiva y vínculos sin ataduras, sin prisiones, sin facturas y sin convertirlos en medios para conseguir nuestros fines.

Si no estamos dispuestos a asumir la responsabilidad del trabajo que supone, no solo traer al mundo y criar, sino también educar a un hijo, es mucho mejor no elegir esta opción. Aunque se considera “más normal” tener hijos que elegir no tenerlos, debemos tener claro que “no todos tenemos que ser padres” y que una persona puede vivir una vida completa y productiva sin necesidad de tener hijos.

Sobre el amor de los padres y los hijos

No digo que no debamos amar a los padres, porque también se puede amar a personas que nos han perjudicado sin querer. Hay padres a los que, en realidad, no se puede amar, y otros bastante amables, aunque hayan cometido muchas equivocaciones”, Fromm[4]

La búsqueda de amor y de reconocimiento son lugares comunes compartidos con el resto de la humanidad. Nada es tan esencial y difícil ya que, conseguir el amor de los demás, no depende solo de nuestra voluntad – aunque necesite de ella-.

Lo cierto es que no escogemos a nuestros padres y tampoco escogemos cómo van a ser nuestros hijos. No siempre son como hubiéramos deseado. Y al no ser personas elegidas ¿Es posible que podamos “no amarlos? ¿Podemos forzarnos a amar lo que no es “amable” para nosotros? Si alguien nos maltrata o nos desagrada ¿es posible llegar a amarlo o tan solo mantenemos las “formas de amor”? Porque una cosa es la razón y la otra el sentimiento. Podemos comprometer conductas pero no sentimientos. 

No es cierto que todos los padres amen a sus hijos ni que los amen a todos por igual. No es cierto que, por el hecho de ser sus padres, seamos las personas que más y mejor les amemos. Decía Ronald Laing que si examináramos la vida de la mayoría de los niños descubriríamos que “el amor de los padres” es una de las ficciones más grandes que se han inventado nunca, puesto que en muchas ocasiones no es otra cosa que un disfraz de violencia, es decir, del poder que el padre quiere ejercer sobre el hijo. Ello no significa que no haya excepciones. Solo que debemos desmitificar este amor que se da por supuesto. A veces se utiliza la frase “lo hago por tu bien” para esconder el ejercicio de un poder muy particular. Como dice Fromm[5]: “Para la mayoría de las personas, la única posibilidad de tener una sensación de importancia, de tener poder y dominio, de hacer mella, influir en algo y mandar, es teniendo hijos.

Dentro de este contexto de poder, de dominio y de control, es importante hacernos la reflexión de si el amor sincero – el buen amor-, es compatible con el ejercicio de una autoridad mal entendida. De hecho, sabemos que cuando el deseo de tener es la cualidad dominante de la personalidad del adulto, padre o madre, existen elevadas posibilidades de que la relación con los hijos sea el de un amo con su propiedad. En este caso ¿dónde queda el amor? ¿Qué ocurre cuando ya se tiene al hijo y aparece la realidad de la dificultad de educarlo? Un hijo no es un objeto que se pueda devolver o desechar una vez pasado el deseo. Los padres tenemos una enorme responsabilidad a tres niveles: ante nosotros mismos, ante nuestro hijo y ante la sociedad.

No es obligatorio amar a los padres

 Mira de ser quien eres, te amen o no te amen”, Fernando Pessoa

La Biblia dice: “Honrarás a tu padre y a tu madre”, pero nada dice de amarlos. No todos los padres son buenos, ni fáciles de amar. Está mal visto que un hijo afirme no amar a su padre, pero la realidad es que no todos los padres son “amables”. El hecho de ser padre no lo justifica ni lo perdona todo.

Cargamos a los padres con el peso del deber de amar a los hijos; y a los hijos con el deber de amar a los padres. No hacerlo genera grandes sentimientos de culpa. Pero lo cierto es que el amor no puede ni debe ser un deber, es una tendencia del corazón que no se puede forzar. El hecho de ser padre no lleva implícita la prerrogativa de ser amado por los hijos.

El amor a los padres no nace espontáneamente en el momento de nacer el hijo sino que es el resultado de cómo nos han acogido, de la calidad de la relación y comunicación que establecemos con ellos, de su coherencia, de su dignidad e integridad y del cariño y la ternura recibidos.

No elegimos las emociones ni los sentimientos: son, en parte, un producto de la evaluación de nuestro pensar, de nuestro juicio sobre nosotros mismos, sobre los demás y la realidad. No elegimos sentir amor, lo sentimos o no. No obstante, podemos escoger cultivar el amor. Amar bien es muy difícil. Parte de un sentimiento, el amor que deberá actualizarse en amar cada día, mediante actos concretos de amor: amor-cuidado, amor-responsabilidad, amor-compromiso, amor-conocimiento, amor-comunicación. Recibir amor no es un derecho sino un don gratuito. Si aprendemos a amar bien a nuestros hijos, su amor por nosotros será una consecuencia natural.

No es obligatorio amar a los hijos

El amor es un riesgo terrible porque no solo nos comprometemos a nosotros mismos. Comprometemos a la persona amada, comprometemos a los que nos aman sin que los amemos y los que la aman sin que ella los ame”, Edgar Morin.

No es obligatorio amar a los hijos y, aún así, es lo que más falta les hace. Desde el momento que elegimos traerlos al mundo adquirimos la responsabilidad de respetarlos, cuidarlos y ayudarlos a crecer.

Hay padres que tienen grandes dificultades para sentir amor por determinados hijos. No todos los niños son igualmente fáciles de amar. Hay hijos difíciles, que interfieren y no respetan, que tienen conductas profundamente egoístas o agresivas. En estos casos, tanto padres como hijos, van a necesitar ayuda.

En nuestro entorno cultural, si alguien afirma en público no amar a su hijo es considerado persona “non grata” y deshumanizada. La presión social es tan fuerte que, quien no siente amor, lo esconde y guarda la apariencia de este sentimiento como forma de autoprotección. Al esconderlo, para evitar la vergüenza de sentirse un mal padre, puede sentirse culpable e intentar compensarlo con conductas demasiado sobreprotectoras o demasiado dispendiosas.

No es obligatorio amar a los hijos pero el amor, el respeto y la ternura son vitaminas emocionales que les ayudarán a construir una personalidad armónica y equilibrada. Uno de los actos de amor más importantes que podemos hacer por ellos es educarlos bien. De hecho, un hijo solo es verdaderamente aceptado y reconocido cuando es educado por sus padres con responsabilidad y amor.

Bibliografía:

Del libro: Ámame para que me pueda ir. Jaume Soler y Mercè Conangla

Editorial Amat

www.ecologiaemocional.org

@EcoEmocional

  • [1] Giovanni Papini
  • [2] Donar temps a la vida. Edicions Pleniluni, 2001 (de los autores)
  • [3] Cuando hablamos de ser padres nos referimos siempre al concepto “padre/s” genérico que engloba “padre-madre”, “padre-padre”, “madre-madre”. A fin de agilizar la lectura no vamos a ir desglosando ambos términos que damos por supuesto pueden referirse a estas diferentes fórmulas parentales.
  • [4] El arte de escuchar.
  • [5] El arte de escuchar.

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