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La tolerancia a la frustración, una enseñanza desde niños

Por Lic. Marcela Monte
Tolerancia a la frustración, una enseñanza desde niños

“Mi hijo no sabe esperar, se le ocurre algo, y hasta que no lo obtiene, no se detiene. Llora de una manera, que me toca ceder, es que se desespera y grita como cuando era bebé y tenía hambre o algún dolor. Siento que si no se lo doy, le hago mal, porque está sufriendo”.

Relatos como éste forman parte de los cuestionamientos que se hacen a sí mismos padres y madres, preocupados por estar ejerciendo una buena crianza. Muchas veces dudando si está bien o mal frustrar a los niños en sus pedidos, si es mejor evitarles los infortunios para no traumatizarlos, o sería más valioso apoyarlos para atravesar los contratiempos.

Las publicidades y la cultura del consumo han generado fantasías de felicidad en la satisfacción inmediata, y una fuerte tendencia a evitar sentir la incomodidad de no obtener lo que quiero, en el mismo momento en que lo deseo. A esta experiencia que se presenta con algo de malestar y bastante desagrado, se le llama frustración. Por sí misma, la frustración no es buena ni mala, lo que ocurre es que según el modo en que la afrontemos, será cuánto nos afecte en nuestra vida cotidiana.

Como las experiencias de satisfacción inmediata no son permanentes, se considera que elevar la tolerancia a la frustración es un factor de salud mental, que fortalece al individuo ante las adversidades y a perseverar en los objetivos. Esto se aprende, y si es en la infancia, puedo asegurarte que hace más fácil la vida.

¿Cómo se eleva el nivel de tolerancia a la frustración?
La manifestación de estas actitudes pueden favorecer el aumento de la tolerancia a la frustración durante la crianza:

1. No evitar la experiencia de frustrarse:
Para esquivar la experiencia emocional de insatisfacción, pueden tomarse decisiones equivocadas, -y hasta abandonar los proyectos- con consecuencias desfavorables a mediano y largo plazo. Enseñar a los niños a no humillarse ni torcer el rumbo por no frustrarse, los fortalece en su determinación.

2. Reconocer las emociones y pensamientos que aparecen al frustrarse:
Darme cuenta de cómo me siento y qué pienso cuando las cosas no son como yo quisiera, me ayuda a no hacer de la experiencia interna el factor fundamental en una situación. Apoyar la expresión de lo que piensa y siente cuando se frustra, es una buena vía de salida que evita al niño rumiar ideas desagradables y resentirse.

3. Aceptar la frustración como parte del proceso de vivir:
Tener claro que a veces las cosas son como yo quiero y otras veces no, me permite seguir adelante, no empantanarme ante lo desagradable, continuando con mi plan. Ejemplificar a los niños con procesos reales donde aparecen frustraciones intermedias y éxitos finales, es una gran motivación para continuar.

4. Revalorizar la experiencia como aprendizaje:
Cuando estamos aprendiendo algo, se supone que es porque no sabíamos hacerlo. Aprender incluye equivocarnos, y es parte de hacer. Si mostramos que el atreverse a hacer tiene valor para nosotros, enseñamos al niño una actitud de entusiasmo ante la incertidumbre.

5. No temer el fracaso ante lo nuevo:
Avanzar hacia lo nuevo nos engrandece. El temor ante lo desconocido puede paralizarnos si queremos controlar absolutamente el resultado. Aprender en la infancia lo que es salir de la zona de confort sin prejuicios, facilita el desarrollo de nuevas habilidades a lo largo de la vida.

6. Resignificar el triunfo:
Triunfar puede ser haber realizado con máxima dedicación y ahínco lo que yo quería, siguiendo mis convicciones a pesar de los contratiempos. Quitar el peso del resultado esperado como única posibilidad de triunfo y analizar todas las lecciones que han surgido mientras transitaba, es un análisis que facilita a los niños pensar con flexibilidad y amplitud de criterios.

7.  Ejemplificar los pasos de un proceso:
Un procedimiento implica una serie de pasos que lleva a un resultado. Ofrecer ejemplos prácticos –en la cocina, en la naturaleza, etc.- de lo que son las etapas consecutivas beneficia el trabajo de sobrellevar los momentos intermedios con mayor placidez.

8. Calmar la mente y disfrutar la espera – disfrutar el viaje:
Los pensamientos acerca del futuro, que ocupan lugar internamente, perturban el desempeño adecuado y producen sentimientos de ansiedad. Enseñar a enfocarse en el momento presente, aporta un gran ejemplo de atención plena, elevando el bienestar a la vez que optimiza la eficacia.

9. Evitar palabras de drama:
Al explicar a un niño la circunstancia de un contratiempo, el uso de términos como “terrible” “horroroso” “tremendo” y otras por el estilo, provocan internamente sentimientos de temor. Hablar a los pequeños con términos neutros, genera una referencia objetiva, sin carga emocional hacia lo frustrante, tornándolo entonces más liviano.

10. Ser amoroso consigo mismo:
Ejercer un trato afectuoso y comprensivo durante los procesos de los niños, los incitará a tratarse a sí mismos en ese tono. Ser ejemplo de una buena relación consigo mismos fortalece el desarrollo de la autoestima, factor fundamental en la prevención de trastornos psicoemocionales.

Como tantas veces, enseñar a los pequeños es una manera de aprender. Tolerar  saludablemente las frustraciones, colabora a construir una vida con más calma, autoexigencias razonables y buen humor.

Por: Lic. Marcela Monte
Licenciada en Psicología
Universidad Nacional de San Luis / Argentina
Psicoterapeuta Cognitivo – Conductual Infantil
Contacto: info@infantopsicologia.com

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