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La incomunicación de lo virtual: 3 formas en las que Internet nos aísla

Por Dra. Iris Luna
La incomunicación de lo virtual: 3 formas en las que Internet nos aísla

Estamos solos. No podemos conocer y no podemos ser conocidos”, Samuel Beckett.

Vivimos encuadrados en una sociedad que presume ser portadora de la comunicación, la globalidad y la información. En un terreno como este, parece ser lo más normal del mundo buscar todo tipo de relaciones en Internet. Si lo pensamos, en nuestro día a día, existen cada vez menos espacios “reales” para el intercambio social y, por lo tanto, de encuentros casuales.

En las grandes urbes, hay cantidades de edificios que albergan mucha gente, como colmenas, pero sin interacción directa. Muchos vivimos muy próximos a otros, pero casi nunca coincidimos. Es paradójico, pero cuando tomamos el ascensor y nos encontramos con algún vecino, en muchas oportunidades, la persona saluda con un seco hola, y de inmediato dirige la mirada a la pantalla de su teléfono celular para comunicarse con alguien.

El próximo es casi ignorado y se pierde la posibilidad del diálogo cara a cara y la interacción. Es como si la gente no estuviera disponible. Vivimos casi pegados a los demás, pero no nos tomamos el trabajo de conocernos. Por esto, si deseamos salir de nuestra propia red familiar o amistosa, no queda otra cosa que recurrir a las redes sociales.  

No es mi intención sugerir que Internet y las redes sociales son nocivas para quienes tienen acceso a las mismas. El uso que hagamos de las tecnologías digitales es lo que marca la diferencia. La red es una herramienta, ahora, casi al alcance de todo el mundo que puede generar muchos beneficios a sus usuarios.

Es fantástico pensar que ya existen aulas virtuales que permiten el acceso más fácil a la educación. Por otra parte, podemos agilizar trámites, enviar documentos, traducir artículos, enterarnos del estado del tiempo, hacer transacciones con gran facilidad y transmitir nuestros pensamientos e inquietudes, entre otras muchas cosas. Pero, con la llegada de Internet, nuestra manera de interactuar se ha modificado y corremos el riesgo de quedar completamente aislados, en medio de tanta conectividad.

Internet como nueva tecnología fue pensada para el beneficio de la sociedad y aunque posee indudables ventajas, como dije antes, también conlleva una problemática de carácter psicosocial donde el grupo más vulnerable es el de los niños y adolescentes.

Dentro de los problemas que puede traer, podríamos mencionar el ciberbullying, daño de tipo emocional debido a la pornografía, violencia e insinuaciones verbales a las cuales se puede estar expuesto el individuo.

Los adolescentes son el grupo más vulnerables a los efectos potencialmente dañinos del Internet, debido a las características propias de esta edad, que motiva a la búsqueda de cosas nuevas y comportamientos impulsivos.

El objetivo de este material, es analizar tres razones por las que esta y otras nuevas tecnologías pueden afectar nuestra comunicación con los demás y generar aislamiento y desolación.

1. Distraer la soledad   

Muchas veces la soledad no se percibe como tal, porque suele quedarse camuflada dentro de la agitación, la multitarea, las obligaciones laborales, los exigentes retos deportivos, los encuentros y las carreras en contra del tiempo. Algunos, no son capaces de enfrentarse al silencio, y lo llenan con la radio o la televisión, en la que consumen cualquier cosa. Son las mismas personas las que, a continuación, se pegan al teléfono para ver quién está dispuesto a quedarse horas hablando o encienden su ordenador para “chatear” o mirar las publicaciones de sus contactos durante toda la noche.

Otros, padecen de una especie de atracón informativo, y se mantienen al corriente de las noticias y los datos de actualidad de la farándula. Las informaciones son cada vez más abundantes, pero también más fraccionadas, superficiales y sensacionalistas. Hay que concentrarlo todo en frases que tengan muchas visitas en la red.

La gente se ha acostumbrado a leer los titulares, y ni se entera de los contenidos. Se nos quiere hacer creer que nuestro sentimiento de soledad y aislamiento proviene de un déficit de comunicación, que podríamos engañar el sentimiento de vacío atiborrándonos de información superflua, de música, de ofertas para el consumo, de comunicación…Y todo el tiempo se nos invita a comunicarnos y tejer redes sociales. Pero lo malo es que nuestras conexiones están saturadas y sin darnos cuenta nos hemos quedado sin espacio para estar con nosotros mismos. No hay territorio íntimo para habitar, reflexionar y degustar.

Sí, es cierto que intercambiamos informaciones y le damos “me gusta” a los que nos comparten cosas, muchas veces por una necesidad de aprobación. Nuestra mente suele diluirse en la sobreinformación, y lo peor es que no solemos hacer una lectura crítica de cuanto nos llega y tendemos a perder la sensibilidad hacia los otros.

Pensamos que nos comunicamos bastante, pero si lo miramos bien, la mayoría de las veces solo lo hacemos de forma rápida y superficial. Los emoticones han reemplazado a los e-mails, y estos han desplazado a las cartas escritas a mano, que nos demandaban atención y escritura consciente.   

Considero que un intercambio profundo y comprometido necesita tiempo. Más que signos, caritas felices y palabras vacías de contenido, una verdadera intimidad implica una auténtica disposición, la capacidad de ponernos en el lugar del otro y advertir si se encuentra bien o mal, si nuestro interlocutor tiene deseo de hablar o prefiere mantenerse en silencio.

En lugar de eso, hemos aprendido a rehuir de cualquier cara a cara con nosotros mismos y con las demás personas mediante comunicaciones en las de ninguna manera se da un intercambio. Ahora, gracias a los teléfonos inteligentes, las redes sociales y los ordenadores es muy sencillo ponerse en contacto con el otro, bajo cualquier pretexto, solo para tranquilizarnos y darnos la impresión de no estar solos.

Esto puede producir conversaciones continuas, enrevesadas y deshilvanadas que podemos interrumpir sin siquiera despedirnos con un simple clic. Muchos chats son charlatanería, palabras cuyo contenido importa poco, y que solo se dicen para llenar un vacío.

En el chat, no se suele pasar de la superficie, hay temor de comprometerse con las palabras, temor a ser mal evaluado en una comunidad virtual y temor a perder seguidores. Las personas con fobia social o personalidad esquizoide, por ejemplo, que temen la relación directa con los demás, pueden albergar la ilusión de estar comunicados sin sentirse amenazados por la real presencia de otros.  

2. Adentrarse en la utopía de lo virtual  

Internet, en teoría permite que nos comuniquemos con todo el mundo, y esta supuesta comunicación funciona a menudo sobre una base emocional, una pseudointimidad, la cual nos pone en una situación de “nitidez angustiosa” y nos hace sensibles a las insinuaciones externas.

A causa de la distancia real de las relaciones, se puede generar una falsa intimidad, que toma la forma de exhibicionismo emocional seguido de confesiones personales apremiantes para sugerir una supuesta confianza y proximidad: hay que contarlo todo y muy de prisa; y por desgracia, cuanto menos se conoce al otro, más confidencias se le hacen y más vulnerable al daño nos volvemos.

Pensemos en todas las personas que terminan sus relaciones porque son sorprendidas en infidelidades virtuales, o cuantas otras se quedan enganchadas a una relación por Internet y cometen los mayores descalabros por mantener una quimera que, así como empieza, termina dejándoles una mayor sensación de desolación y abandono.  

Mucha gente vive fantasías y aventuras de incógnito, especialmente sexuales. Lo virtual puede tranquilizar porque produce la ilusión de una relación, pero también nos aísla, porque roba un tiempo precioso al fomento y enriquecimiento de relaciones de la vida real. La llamada comunicación virtual nos puede alejar de la probabilidad de un encuentro que implicaría arriesgarse a ir en busca de otro, y trabajar por fundar una relación sólida y cercana.

Si estamos muy insatisfechos con lo que somos podríamos buscar plataformas como Second Life, crearnos un avatar que reúna los atributos que hubiéramos querido tener, para sumergirnos en un mundo fantástico de libertad absoluta, sin exponerse a la crítica o la marginación. En esta búsqueda de la amistad virtual, de lo que se trata es de colmar la carencia del instante. El intercambio se reduce a un simple contacto, rescindible al oprimir “reiniciar”.

No olvidemos que una amistad de verdad se construye con el tiempo, a través de experiencias y desafíos compartidos. Es triste ver que, al facilitarnos el acceso a la comunicación, las nuevas tecnologías nos hunden paradójicamente en la soledad. Basta con mirar dentro de las familias, sus miembros viven cada día más aislados. Cada quien está aislado en su espacio, pegados de sus dispositivos (televisor, teléfono, videojuego, ordenador, gafas de realidad virtual, etc.), y hay cada vez menos comidas en común y conversaciones familiares.

Antes, en la sala de espera del consultorio médico, la gente conversaba y se hacía recomendaciones mientras esperaba su cita. Ahora todo el mundo está pendiente de la pantalla de su teléfono, o tiene los auriculares puestos. Ya no hay saludos, ni intercambios de sonrisas. La sobredosis de información nos roba el tiempo, y cada vez resulta más complicado aislarse.

Saturados, muchos tienen ganas de hacer un alto en el camino, replantearse la vida y se apartan lo que más pueden de la tecnología para poder contactar plenamente con lo real. Es curioso pensar que el lujo actual es el vacío: liberarse de ruidos, informaciones, imágenes, consumo. La gente ahora sueña con retirarse lejos de las grandes ciudades, estar sin teléfono celular, sin computador enganchado a una red. Pero otros en cambio, caen en la trampa de la ciberdependencia.    

3. Dependencia a lo virtual

La facilidad de intercambios virtuales ha facilitado el desarrollo de un nuevo tipo de problema para el ser humano. En Japón, por ejemplo, cientos de miles de jóvenes viven encerrados sin interactuar con nadie. Se les denomina hikikomori, o hijos socialmente excluidos. Representan el 1 % de la población nipona.

Estos jóvenes entre 18 y treinta años, se meten en un universo virtual, alimentado por Internet, videojuegos, mangas. Pretenden hacerlo todo sin moverse de la casa. Su sexualidad se reduce a fantasear con videojuegos y películas porno. Si salen, es por la noche, buscan lugares con poco flujo de gente, y van a distribuidores automáticos de comida o bebidas, evitando el contacto humano. Ya se sabe que en otros países desarrollados se presentan fenómenos similares.

La Adicción a Internet (AI) se origina como una problemática amalgamada a nuestra sociedad moderna. Actualmente Internet está generando nuevas adicciones, convirtiéndose en nuevos desafíos en el campo de la psiquiatría como el desarrollo de patologías que están asociadas al uso excesivo de esta tecnología, como: el placer excesivo de estar en línea; irritabilidad o síntomas depresivos al no estar conectados; deterioro de las relaciones familiares y sociales; al igual que negligencia laboral.

A Ivan Goldberg, un psiquiatra estadounidense, es a quien se le da el crédito de proponer el término de Adicción a Internet en 1995, al encontrar en sujetos, el uso compulsivo y patológico de Internet.Por otra parte, Marc Pratarelli, un psicólogo americano, creó unas categorías muy interesantes para clasificar a los usuarios de esta red.

  • Los razonables:

Usan Internet con moderación. El ordenador es una herramienta necesaria, pero no viven pendientes ni colgados de las nuevas tecnologías. Les preocupa el rápido desarrollo de esta red: la juzgan peligrosa e impersonal. Estos reacios prefieren siempre las relaciones directas, frente a frente. No suelen pertenecer a redes sociales y el concepto de amigo virtual no les seduce. No les importa si no se pueden conectar a Internet.

  • Los adictos a la red:

Desde que descubrieron Internet no se han podido escapar. Cada vez están más pegados al mundo virtual, se aíslan, pierden contacto con amigos reales, descuidan la familia y obligaciones, presentan trastornos de sueño y del apetito. Su motivación primordial es vivir pegado de la pantalla.

Lo primero que hacen, al levantarse es mirar Internet y sus redes sociales. Experimentan gran desasosiego si se les cae la “red” o si se les obliga a estar sin sus teléfonos celulares. Dejan de comer, si para hacerlo deben desconectarse. La usan para sentirse mejor si se encuentran tristes o angustiados. Les angustia mucho la idea de que el celular se quede sin batería o que el acceso al Internet les sea negado o restringido.

Les gusta navegar sin límite de tiempo y siempre sacan excusas para permanecer enchufados. Reciben constantes críticas por su manera de usar el la red. Se esconden en el baño y en diferentes sitios durante el tiempo de trabajo para conectarse a Internet. Presentan mucha ansiedad e incomodidad si los alejan de sus aparatos tecnológicos.

  • Adeptos al cibersexo:

Para estas personas, Internet es un modo de acceso a la sexualidad, a través de webs con contenido pornográfico. El uso compulsivo representa una gran proporción de los usuarios adictos. Según Pratarelli, este uso se asocia a factores de personalidad específicos, que incluyen timidez, vergüenza social e introversión.

Estas personas llegan a estar conectadas más de dos veces durante más de tres horas seguidas a páginas con contenido sexual. Prefieren sexo virtual a encuentros sexuales reales, gastan dinero para abonarse a páginas que exhiben pornografía.

Conclusión

Para resumir, la adicción a Internet es una patología que no cumple las características de una adicción con dependencia a alguna sustancia y no se contempla como una entidad psicopatológica en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM 5). No obstante, cumple con los elementos necesarios para lo que se ha catalogado como adicción o dependencia sin sustancia, la cual puede definirse como un estado de preocupación que se presenta producto de la relación con algo o alguien, misma que se mantiene como medio para conservar el propio control y equilibrio interno que, además, le proporciona sensación de bienestar al individuo.

Kimberly Young, gran investigadora en el tema, apoya la idea de que las adiciones a la tecnología cumplen con los elementos básicos de cualquier adicción, conceptualizándola como “un trastorno caracterizado por una pauta de uso inapropiada, unos tiempos de conexión anormalmente altos, aislamiento del entorno y desatención a las obligaciones laborales, académicas y de la vida social”.

Como el estado placentero que produce en las personas el alcohol, el juego y las drogas, igualmente Internet ofrece una realidad virtual, donde los jóvenes pueden experimentar sentimientos agradables y de salida, argumentos que permiten ubicar al Internet como una vía de escape para quienes tienen necesidades psicológicas y sociales.

El aislamiento que cada uno encuentra en su vida personal no es otra cosa que el reflejo del individualismo que prevalece desde hace tiempo: la aparición de Internet no hace más que reforzarlo al multiplicar los modos de comunicación. La mayoría de la gente trata de tapar su soledad, sumergiéndose en satisfacciones instantáneas como utopías virtuales, o soluciones inmediatas que no precisan esfuerzo o compromiso prolongado, o intentando olvidarla mediante el uso adictivo de las tecnologías. Espero que este material les sea de alguna utilidad.

Tú, ¿posees algún tipo de adicción o dependencia en relación con el uso de la Internet?

Lecturas recomendadas:

Hirigoyen Marie –France.  Las nuevas Soledades. El reto de las relaciones personales en el mundo de hoy.

Goldberg, I. (1995a). Internet addiction disorder. Diagnostic criteria. Internet Addiction Support Group (IASG). Recuperado el 10 de abril de 2006 de: http://www.iucf.indiana.edu/~brown/hyplan/addict.html.

Pratarelli, M., Browne, B. & Johnson, K. (1999). The bits and bytes of computer/internet addiction: A factor analytic approach. Behavior Research Methods, Instruments and Computers, 31, 305–314.

Navarro-Mancilla, Á. A. & Rueda-Jaimes, G. E. (2007). Adicción a internet: revisión crítica de la literatura. Revista Colombiana de Psiquiatría, 36(4), 691-700.

Young, K. S. (1999a). Internet addiction: Symptoms, evaluation and treatment. Innovations in Clinical Practice: A source book, 17, 19-31.

Fandiño-Leguia, J. D.(2015, 17 de febrero). Adicción a Internet: Fundamentos teóricos y conceptuales. Revista PsicologiaCientifica.com, 17(2). Disponible en: http://www.psicologiacientifica.com/adiccion-internet-fundamentos-teoricos-conceptuales

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