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La felicidad llega cuando vale más lo que somos que lo que tenemos

Por Phrònesis
La alegria llega cuando vale más lo que somos que lo que tenemos

En los últimos capítulos del libro de León Tolstoi, La muerte de Ivan Ilich, un hombre a punto de morir se hace una pregunta:

¿Y si toda mi vida, la vida vivida, fue una equivocación?

Casi al instante, aquel hombre detiene su aliento en medio de un suspiro, estira el cuerpo y fallece. Alguien a su lado dice: “Esto ha concluido”, pero él, Ivan Ilich, muere pensando: La muerte ha concluido. “Mi muerte, que confundí con la vida, ha concluido”.

A menudo se dice que la juventud es un tesoro divino, y lo cierto es que, cuando somos niños, el horizonte de nuestro destino parece extenderse sin límites en dirección a la conquista de sueños y el deseo de abrazar la felicidad, esa plenitud misteriosa que suele desbordarse entre las páginas de los libros, el idioma de los ojos cuando se ama, el primer sorbo de café al amanecer o la curva de una sonrisa.  

Buscamos la felicidad como buscamos el amor y ambos son de las más bellas y nobles aspiraciones humanas. La diferencia es que, en la sabiduría que solo la infancia conoce, parecemos comprender que la dicha de la vida no consiste en lo que tenemos sino en lo que somos, una verdad que se convierte en duda con los años.  

La razón por la cual dejamos de vivir con la franqueza y el ardor de la infancia puede resultar en un evento tan silencioso y terrible que no llegamos a mirarle a los ojos hasta que ya estamos para morir. De alguna manera, permanecemos inmóviles mientras la vida deja de ser una aventura para convertirse en una obligación… un asunto pendiente… un mal día… un trabajo que odiamos… un insomnio… un malentendido…

Y es este el engaño que nos reseca los huesos, la piel y la alegría hasta que, tarde o temprano, la muerte nos reclama, como a Ivan Ilich…  

Ivan Ilich, que lo tenía todo y, aún así, murió bajo el espanto de una equivocación que ya no tuvo remedio.

“La historia de la vida de Ivan Ilich era muy sencilla y común, pero también terrible (…) Su vivienda era como todas las casas de quienes no son ricos pero quieren aparentarlo. Era extremadamente parecida a otras pero él, sin embargo, deseaba creer que era especial”.

León Tolstoi. La muerte de Ivan Ilich, capítulo 2-3.

En El Arte de Amar, el psicólogo Erich Fromm escribe:

La felicidad del hombre moderno consiste en la excitación de contemplar las vidrieras de los negocios y en comprar todo lo que pueda (…) ¿Cómo puede un hombre preso en esa red de actividades rutinarias recordar que es un hombre, un individuo único al que solo le ha sido otorgada una única oportunidad de vivir, con esperanzas y desilusiones, con dolor y temor, con el anhelo de amar y el miedo a la nada?

Para Fromm, la infelicidad humana proviene de la creencia de que debemos poseer para luego ser.

La satisfacción de un logro pasajero o el orgullo de sabernos dueños de algo se confunde gravemente con la idea de haber hallado la fuente inagotable de la felicidad, así que dedicamos toda una vida a acumular objetos y a ganar la aprobación de personas a las que no les interesa tener la nuestra bajo el pretexto de que así construimos una vida plena. Desde luego, aquello termina hundiéndonos en una mentira nefasta de la que, por desgracia, no tenemos siquiera conciencia hasta que el tiempo se nos agota y la única medida posible acaba por ser el arrepentimiento.

“Si yo soy lo que tengo y lo que tengo lo pierdo, entonces ¿quién soy yo?
Nada, sino un testimonio frustrado, contradictorio, una falsa manera de vivir…
Pero si soy lo que soy y no lo que tengo, nadie puede arrebatarme ni amenazar mi seguridad y mi sentimiento de identidad”.
Erich Fromm.

La felicidad no significa ser intocable o inmune a la tristeza, sino haber llegado a un punto en el cual, a pesar de las dificultades, nos sintamos satisfechos y agradecidos por la vida que llevamos de un modo tan honesto que no sea necesario imaginar una mejor.

Para Russ Harris, psicoterapeuta y autor del libro “La trampa de la felicidad”, la imagen irreal según la cual ser feliz supone un estado permanente de alegría es la causa de que nos cueste tanto llegar a serlo, pues nos aferramos a un paisaje idealizado donde la armonía y la comodidad dibujan un espejismo que nos orienta a basar nuestra vida en cuestiones superfluas, como la consecución de logros materiales que generan placer instantáneo con el fin de alimentar la fantasía de una vida perfecta.

Cuando confundimos la felicidad con la utopía de un mundo donde todo lo que deseamos se nos concede libre de dificultades o desilusiones, nos empujamos a nosotros mismos al abismo del derroche y el exceso. Derroche de tiempo con tal de obtener dinero para adquirir aquello que nos hará más felices, y exceso de culpa cuando, cerca del desenlace, vemos que resulta imposible comprar con dinero el tiempo que perdimos.  

“Ivan Ilich vio que se moría y su desesperación era continua. En el fondo de su ser sabía que se estaba muriendo, pero no solo no se habituaba a la idea, sino que sencillamente no la comprendía ni podía comprenderla”.
León Tolstoi. La muerte de Ivan Ilich, capítulo 6.

Una vez más: como buscamos el amor también buscamos la felicidad… Y no obstante, puede que sea este el origen de nuestra desgracia, pues ¿acaso no se busca lo que se piensa ajeno? ¿Lo que se cree perdido?

Partir de una convicción de insuficiencia es la génesis de la miseria. “La felicidad dijo una vez Mahatma Gandhi no es más que el momento exacto en el cual lo que dices, lo que piensas y lo que haces son lo mismo”, y esa unión entre la voluntad y la acción no se fabrica ni se compra.


Referencias:
Tolstoi, L. (2008). La muerte de Ivan Ilich. Madrid: Editorial Alianza.
Fromm, E. (2007). El arte de amar. México: Editorial Paidós Mexicana, S.A.
The Pursuit of Happiness (2009). Psychology Today. Disponible en https://www.psychologytoday.com/articles/200901/the-pursuit-happiness

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