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La discriminación a personas con enfermedad mental

Por Phrònesis
La discriminación a personas con enfermedad mental

Históricamente, los trastornos mentales han estado siempre en el ojo de críticas, descreimiento y rechazo social. Todavía hoy, en países del continente africano y en Indonesia, las personas con algún tipo de trastorno mental son vistas como “poseídas por espíritus satánicos” y tratadas como miembros indeseados de la sociedad.

En Indonesia, los enfermos mentales son encerrados en “prisiones” con espacios tan reducidos que, para moverse, deben inevitablemente toparse con los codos de sus compañeros. Uno de los centro de salud mental indonesios llamado Yayasan Galuh alberga cerca de 400 personas en condiciones que las organizaciones internacionales a favor de los derechos humanos consideran deplorables. Si alguien visitara a estos pacientes, creería que son presos purgando graves crímenes.

En Yayasan Galuh, hasta hace tres años, los pacientes que ” se negaban a cooperar” eran encadenados a los barrotes de las celdas para evitar que escaparan o alteraran la tranquilidad del resto. Afortunadamente, profesionales de la Universidad de Indonesia iniciaron en 2013 un programa de capacitación para los trabajadores de Yayasan Galuh que ha mejorado ligeramente la calidad de vida de los internos; no puede decirse lo mismo de Sudán del Sur, en África, donde los recursos para tratar a los enfermos mentales son prácticamente nulos y el gobierno prefiere ingresarlos a prisiones.

No es un fenómeno estrictamente económico, sino más bien social: el tabú en relación con los trastornos mentales tiene que ver con el temor a lo desconocido, a aquello que no podemos explicar. La tarea de la psiquiatría es transmitir el conocimiento de las enfermedades de salud mental a la población, sin embargo, en los países en vías de desarrollo, la educación suele ser deficiente y los médicos pasan a convertirse en parte del problema en lugar de aportar a la solución.

La tendencia a la centralización en los países del tercer mundo es parte de la problemática. En México, por ejemplo, a pesar de la tasa de psiquiatras egresados de universidades prestigiosas, la mayoría se concentra en la capital para optar a mejores puestos de empleo, lo que significa que un porcentaje importante de la población se sitúa fuera del radio de atención de los profesionales calificados.

La misma tendencia se repite a lo largo y ancho de América Latina.

En los Estados Unidos, una encuesta realizada en 2016 sugiere que los estigmas en contra de las enfermedades mentales han disminuido, y que cada vez más personas consideran la salud mental tan importante como la salud física. Esta mejora es crítica en una población donde, en términos generales, el acceso a armas de fuego es relativamente fácil y cada vez son más frecuentes los tiroteos y masacres en centros de educación.

Para los expertos, cambiar la percepción que una parte de la comunidad internacional sigue teniendo en relación con los trastornos mentales es la clave para ofrecer una mejor calidad de vida y servicios de salud a quienes los necesitan.

Si deseamos una sociedad de paz, entonces no podemos lograr esa sociedad a través de la violencia. Si deseamos una sociedad sin discriminación, entonces no debemos discriminar a nadie en el proceso de construcción de esta sociedad. Si deseamos una sociedad que sea democrática, entonces la democracia debe convertirse tanto en un medio como en un fin (Bayard Rustin)

“Las personas con trastornos mentales también merecemos una vida digna”

Las creencias populares afirman que la depresión no existe realmente, que la ansiedad es ausencia de disciplina y, el trastorno bipolar, falta de madurez emocional. Tristemente, estos mitos solo contribuyen a preservar la ignorancia en la sociedad e incentivan la discriminación hacia las personas con trastornos reales.

Juan (que nos pidió cambiar su nombre para proteger su identidad) fue diagnosticado con distimia hace un par de años. La distimia, también llamada trastorno depresivo persistente, es una forma leve pero crónica de depresión, con síntomas menos intensos que el trastorno depresivo mayor pero que pueden afectar igualmente la vida de quien la padece.

A menudo, Juan escucha comentarios de rechazo e incredulidad cuando comparte con otras personas su condición. “La gente no le da importancia porque piensan que es una forma de llamar la atención, te dicen que bueno, la vida es dura para todos, pero no se puede vivir llorando”.

Aunque las relaciones interpersonales de Juan y su apertura a los demás ha cambiado drásticamente luego de su diagnóstico, procura mantenerse lo más optimista posible y aprovecha cualquier ocasión para compartir sus críticas contra los sistemas de educación, y la poca eficacia de los sistemas de salud en tareas de promoción y concientización.

“Lo que deberían estarle enseñando a la gente es que no somos bichos raros, que solo necesitamos ayuda, que todos merecemos una vida digna. Creo que si la gente fuera menos escéptica, menos hostil con las personas que tenemos este tipo de problemas, la vida se nos haría más llevadera”. 

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