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¿Por qué mi hijo “se porta mal”?

Por Lic. Marcela Monte
¿Por qué mi hijo “se porta mal”?

Antes que nada, pensemos en lo que sería “portarse mal”. Esta manera de referirse al comportamiento de los niños ciertamente me disgusta, puesto que no utilizo los términos “bueno” y “malo” habitualmente.

Como psicoterapeuta infantil, puedo resumir las quejas en consulta acerca de niños que se portan mal cuando:

  • No obedecen inmediatamente y en forma sumisa lo que se le ordena.
  • No cumplen con las expectativas de los padres o adultos a cargo.
  • Contradicen el estilo de vida promovido por los padres, sea en las actividades que eligen, la ropa que elige, las personas que prefiere frecuentar.
  • Generan situaciones disruptivas, es decir, hacen que se interrumpan actividades programadas.
  • Incumple pautas acordadas o normas informadas.

Resulta interesante considerar que en los primeros 3 puntos se podría estar teniendo un nivel muy elevado de exigencia o expectativa, con lo cual se torna complicado para los niños estar a la altura de lo que los adultos esperan de ellos. Dejo planteado este asunto para reflexionar antes de categorizar el comportamiento del niño como “malo”.

Descartando el hecho de que se esté esperando un estilo específico o un nivel de conducta demasiado exigente, quedan los últimos dos puntos de la lista en los que podemos hacernos la pregunta que titula este artículo: si ya está hablado, acordado o debe cumplirse cierto parámetro de convivencia, ¿por qué se porta mal?

Una respuesta desde la perspectiva conductual de la crianza, es que básicamente los comportamientos no deseados se sostienen porque de alguna manera están siendo recompensados, la mayoría de las veces sin esa intención, y hasta sin darse cuenta. Existen diferentes abordajes para estos temas en lo que se refiere a crianza y comportamiento. Comparto hoy uno de Lynn Clark que me resulta especialmente útil para comenzar en el proceso de observar cómo fomentar aquellos comportamientos deseados que el niño desarrolle y entonces abandone aquellos otros no deseados, del estilo de la lista arriba descrita.

Tres reglas fundamentales en la crianza de niños

Regla Nº1:
Recompense la
buena conducta (hágalo rápidamente y a menudo)

Recompensar no siempre se refiere a dar un premio o un regalo. La recompensa tiene que ver con recibir estímulo y atención por parte de las personas significativas. Cuando el niño recibe una recompensa por una conducta, esa conducta se refuerza o fortalece, esto quiere decir que tendrá más probabilidades de repetirse en el futuro. Entonces, si el niño se comporta de una manera que resulta agradable o apacible para los adultos, debe ser generosamente recompensado.

Aunque no todas las personas responden igual al mismo tipo de recompensas. Las más efectivas suelen ser sociales, estas son: abrazos, miradas atentas, sonrisas, un beso, elogios. Estos estímulos no tienen costo para quien lo ofrece y son sumamente efectivos. Otras gratificaciones que habitualmente gustan a los niños pueden ser el obtener algún privilegio como: realizar alguna actividad diferente con los adultos, salir a merendar, preparar alguna comida preferida juntos, ir al cine o al parque.

También existen recompensas materiales que pueden ser objetos que los niños gustan tener. En lo personal suelo incitar a la búsqueda de pequeños objetos coleccionables, como podría ser una caja nueva de colores (que se van otorgando uno a uno), y así motivan al pequeño a conseguir los siguientes para completar todos los colores.

Las recompensas son eficaces cuando se dan inmediatamente después de que la conducta deseable ocurre, y más efectiva aún si se da cada vez que se realiza. Si deja de darse la recompensa, o se da muy espaciada en el tiempo, disminuye la probabilidad de que la conducta deseada se repita.

Regla Nº2:
“Por descuido” no recompense la
mala conducta

Si la mala conducta se recompensa sin querer, es más probable que se repita en el futuro, ¿y cómo puede ocurrir que esto? Muchas veces, al estar preocupados u ocupados con otros temas, accidentalmente se recompensa una conducta no deseada. Por ejemplo, los niños que se ponen a gritar, exigir o llorar para irse del restaurante donde están comiendo, y por una vez logran que los adultos digan: “Ya no soporto más estar aquí contigo gritando de esta manera, vamos a la heladería y te comes tu helado así nosotros podremos seguir conversando allí”. Suficiente manifestación para dejar en claro al niño que se le ha otorgado el poder para definir en qué momento irse, solo con gritos y llantos. Así como los buenos comportamientos se recompensan, esta conducta no deseada acaba de ser reforzada, con altísima probabilidad de que se reitere en el futuro, y ocurrió sin esa intención. Los niños obstinados y aquellos con diagnóstico de Trastorno por Déficit Atencional con o sin Hiperactividad (TDA-H) suelen comportarse de manera obstinada hasta conseguir lo que quieren, y no se detienen hasta lograrlo cuando alguna vez lo han conseguido. La táctica de estos pequeños se llama “fastidia y controlarás”

Regla Nº3:
Corrija alguna conducta
mala (pero con una corrección moderada)

Cuando aparecen conductas inaceptables o peligrosas, pueden requerir una corrección que puede ser leve. Podrán preguntarse cómo sería esto de una corrección moderada; ejemplos de ello son los regaños, mencionar las consecuencias lógicas de la acción que se está cuestionando, usar la técnica de tiempo fuera de refuerzo, y las sanciones. Nunca deberían usarse desde esta perspectiva los castigos severos tales como las amenazas crueles, el sarcasmo y por supuesto jamás los castigos físicos. Aunque se hayan usado a lo largo de la historia, y muchos padres consideren que el haber sido víctima de este estilo de castigos no les ha generado secuelas, puedo asegurarles que no hay evidencia a favor de que constituya un recurso útil a mediano o largo plazo: si bien, inmediatamente puede provocar la interrupción de la conducta no deseada, lo hace a costa del temor y el enfado, que provoca heridas emocionales muy dolorosas, ambivalencia en los vínculos con las personas significativas, estados emocionales que se transforman en algún estilo de resentimiento hacia los adultos significativos o la autoridad en general.

Por supuesto que todos los involucrados en este escenario son personas: los padres, los demás adultos, y los niños pueden cometer errores. Es por ello que lo que debe quedar de manifiesto es la íntegra voluntad de hacer siempre lo mejor posible por orientar la crianza desde la mayor armonía posible, con la firmeza de saber que aunque haya errores, siempre ocurren en la búsqueda de hacer lo mejor por los pequeños, y que la armonía del todo, el grupo familiar suele ser uno de los mejores resultados de este esfuerzo consciente.

Por: Lic. Marcela Monte
Facebook:  https://www.facebook.com/LicMarcelaMonte/
Licenciada en Psicología
Universidad Nacional de San Luis / Argentina
Psicoterapeuta Cognitivo – Conductual Infantil
Contacto: info@infantopsicologia.com 

Bibliografía 

Clark, Lynn Ph.D.,(2003)  SOS ayuda para padres. Una guía práctica para manejar problemas de conducta comunes y corrientes. KY – EEUU, SOS Programs & Parents Press.

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