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¿Tener un hijo o educar un hijo?

Por pruebas
¿Tener un hijo o educar un hijo?

Tener un hijo significa temblar por el destino de este niño y, por consiguiente, temblar por la suerte de todos los niños. Lo quiera yo o no, mi hijo es solidario de lo que sucederá a todos los niños, a todos los hombres”. Snyders

Ser “padre”, ser “madre”

Tener hijos no lo convierte a uno en padre o madre, del mismo modo en que tener un piano no lo vuelve a uno pianista”. Michael Levine

No es la carne ni la sangre, sino el corazón, lo que nos hace padres e hijos. El “grado” de padre o madre no es algo que se adquiera por el simple hecho de llevar un hijo al mundo o adoptarlo. Se ganará invirtiendo en esta relación mucha energía en forma de trabajo, amor, cuidado, responsabilidad y comunicación. Aunque biológicamente seamos padres y podamos tener derechos legales sobre nuestro hijo, no tenemos, en ningún caso, derechos emocionales sobre su persona. Aprendemos a la vez a conocernos y a amarnos y, como le decía Mafalda a su madre, en una de las excelentes viñetas de Quino: “Tú y yo nos graduamos el mismo día”.

¿Por qué un hijo?

Mi hijo me lanza, me relanza hacia la historia; su vida va a desarrollarse a partir de nuestros fracasos y de nuestros triunfos, va a imputarme una parte de responsabilidad”. Snyders

“Redecora tu vida. Ten un hijo”, ha sido uno de los lemas de una gran cadena multinacional. Muchas personas no se plantean, inicialmente, por qué quieren “tener” un hijo. La ignorancia de que un hijo no es una posesión – algo más “que se tiene” -, es la causa de que tampoco se reflexione demasiado sobre los valores y el tipo de educación que se le va a dar. Y si no saben qué modelo de persona quieren, ¿cómo van a saber hacia donde dirigir sus esfuerzos y mostrarle el camino de su libertad?

A veces los motivos para ser padre son poco generosos y están muy mal planteados. Según los por qué habría diferentes tipos de hijo esperado “como medio para”:

  • Hijo-cola de pegar: Cuando la pareja no va bien piensan que un hijo puede ser la solución a la falta de amor o de ilusión y que este será el punto de unión de ambos.
  • Hijo-tapón: Se tienen para cubrir vacíos en la propia vida. Una vida llena de agujeros que no se sabe como llenar. Entonces se ve al hijo como forma de evitar enfrentarse con “el sin sentido”.
  • Hijo-posesión: El hijo como un bien más. Algo para exhibir con orgullo para compensar nuestras carencias o nuestra superficialidad. Fromm nos habla de la posesividad maligna que consiste en exhibir a los hijos ante los demás como si fuesen pequeños payasos. Los adultos pueden comportarse de forma humillante para los niños, perjudicar la confianza en si mismos y disminuir su dignidad y su libertad.
  • Hijo-tren: El tren que se escapa. Nos hacemos mayores y pensamos que “toca tener un hijo”, que es lo que se espera de nosotros.
  • Hijo-cuidador futuro: Una especie de seguro para que, de mayores, alguien nos cuide o ampare.
  • Hijo-inmortalidad: Para que algo quede de nosotros, para preservar nuestro patrimonio genético, para no morir del todo.

Lo peor de todo es que, una vez “tenidos”, los hijos puedan ser vividos como una molestia, como algo ajeno que ha venido a complicar una existencia individual o de pareja que antes era más fluida o cómoda. Los adultos inmaduros y egoístas pueden sentir que su pareja ya no les dedica tanto tiempo y ver a los hijos como competidores en la lucha por el tiempo, dedicación, atención, interés y amor del otro. De repente, el hijo se convierte en un intruso que causa más problemas que las demás posesiones. Aquí puede iniciarse una especie de batalla que va a causar sufrimiento y destrozos en la dinámica familiar, pero muy especialmente a este ser que ha nacido sin ser preguntado y por motivos equivocados. Tener hijos puede, en muchos casos, ser un acto de pura inconsciencia y egoísmo.

El ansia de “tener” un hijo

No puedes atrapar el espíritu de un niño corriendo tras él… Debes permanecer tranquilo y el amor hará que regrese por sí solo”. Arthur Miller

“Opino que tener hijos no puede ser un derecho” afirma la filósofa Mary Warnock quien diferencia la necesidad de tenerlo del derecho a tenerlos.

¿Por qué este ansia de muchas parejas de tener hijos? ¿Por qué, si no se pueden tener, este anhelo de conseguir uno? ¿Es por vocación de educar? ¿Es altruismo? o ¿acaso el hijo es una forma de realizar su proyecto personal o de pareja? ¿Se ve el hijo como la solución a una dinámica de pareja pobre? De ser así, ¿no puede ser que se vea sometido a una enorme presión al ser el único objeto de realización de la vida de sus padres?

¿Qué depositamos en los hijos? Seguramente, y en muchos casos, mucho amor pero también, en muchas ocasiones, mucha necesidad, y mucha dependencia. ¿Mucho egoísmo? ¿Intentamos realizarnos a través de los hijos y de sus vidas? ¿Puede ser esta relación una forma de vampirismo emocional? Seamos honestos: quien no ha sido capaz de dar sentido a su vida, puede intentarlo a través de los logros y éxitos de sus hijos. Es humano, pero ¿es justo?

¿Tener un hijo o educar un hijo?

La mano que mece la cuna rige el mundo”. Peter de Vries

Hace unos años el índice de natalidad era más elevado. Hoy en día las parejas tienen menos hijos y más tarde. Así podremos darle lo mejor – dicen. Mejor educación, y mejor calidad de vida. Lo mejor suele centrarse en algo material y comporta invertir mucha energía para asegurar los ingresos necesarios para mantener el nivel de vida deseado. Más horas y dedicación al trabajo, menos tiempo disponible para estar en casa, menos tiempo para criar y educar a los hijos, más sentimientos de culpa.

¿Calidad de vida? ¿Calidad de sentimientos? ¿Calidad de educación? Sin calidad de sentimientos y sin calidad de educación no hay calidad de vida para nuestros hijos, a pesar de que les demos muchas cosas materiales, vayan a la última moda en vestido y tecnología, y no les falte de nada. Tener un hijo es fácil. Mantenerlo cuesta. Educarlo es el gran reto. Sólo será posible si los padres somos capaces de conseguir el equilibrio necesario entre el tener y el ser; entre lo necesario y lo superfluo, entre la vida laboral y la familiar.

Tan solo tenemos la custodia provisional de nuestros hijos y, si cumplimos bien nuestro papel, nuestros hijos se irán con amor. Y si se van así, significa que son personas independientes y autónomas. Y si nos aman, no será porqué nos necesiten, sino que nos van a necesitar porque nos aman. Para no crear relaciones de dependencia  con los hijos es preciso que nosotros hayamos resuelto la relación con  nuestros propios padres.

Una pregunta que hacemos al destino

Puedes darles tu amor, pero no tus ideas,
porque ellos tienen sus propias ideas.
Puedes alojar sus cuerpos pero no sus almas,
porque sus almas moran en la casa del mañana,
y tu no puedes visitarla ni en sueños”.

Kahlil Gibran

José María Pemán decía: “Un hijo es como una estrella a lo largo del camino, una palabra muy breve que tiene un eco infinito. Un hijo es un pregunta que le hacemos al destino”.

Una pregunta que lanzamos pero que no podemos responder nosotros. Los padres somos los arqueros que lanzamos la flecha, pero no somos la flecha ni el destino de la flecha. La misión de la flecha es viajar hasta encontrar su diana y no quedarse en el arco, porque perdería su esencia. Los arqueros deben estar preparados para desprenderse de su flecha. Su misión es lanzarla al infinito, darle fuerza y saber decirle: adiós y ¡buen viaje!

Ventana sobre la llegada

No es la carne y la sangre, sino el corazón lo que nos convierte en padres e hijos”. Friedrich Schiller

Eduardo Galeano, en uno de sus preciosos textos, explica la importancia de enseñar a los hijos a amar el misterio para que lo incorporen como parte de su equipaje vital. Este legado les permitirá ser personas más equilibradas, sensibles, creativas y respetuosos y adquirir conciencia de la importancia de dejar espacio para el misterio en sus relaciones personales.

El hijo de Pilar y Daniel Weinberg fue bautizado en la costanera. Y en el bautismo le enseñaron lo sagrado.

Recibió una caracola: “Para que aprendas a amar el agua”.

Abrieron la jaula a un pájaro preso: “Para que aprendas a amar el aire”.

Le dieron una flor de malvón: “Para que aprendas a amar la tierra”

Y también le dieron una botella cerrada: “No la abras nunca, nunca. Para que aprendas a amar el misterio”.

Un hijo, un proyecto

Sostén con ternura aquello que aprecias”. Bob Alberti

Un proyecto con vida propia. Un proyecto que no decidimos y que solo tutelamos un tiempo. Un proyecto que acabará con el alejamiento del hijo, que deberá hallar y seguir su camino, si realizamos bien nuestra función de padres. Podemos gozar observando y compartiendo sus pasos, pero nunca vamos a compartir su destino. Su destino es suyo y no nuestro. No podemos ni debemos intentar vivir su vida. El camino se puede compartir, pero el destino es individual e intransferible y no deberíamos intentar apropiárnoslo. Cuando los padres quieren hacer suyo el destino de sus hijos acaban aspirando la vida y la energía de la persona que aseguran amar.

Acompañar a los hijos en su viaje de maduración es uno de los proyectos más importantes y difíciles que podemos elegir y de una enorme responsabilidad. Porque no se trata de modelar al niño como nosotros deseamos que sea, sino de ir observando quien es realmente y permitirle ser lo mejor que pueda favoreciendo su crecimiento.

En cierta ocasión una niña entró en el taller de un escultor. Durante largo rato estuvo disfrutando de todas las cosas asombrosas que había en el taller: martillos, cinceles, pedazos de esculturas desechadas; bocetos, bustos, troncos… todo tipo de materiales. Pero lo que más impresionó a la niña fue una enorme piedra situada en el centro del taller. Era una piedra tosca, llena de magulladuras y heridas. Era una piedra sin forma, desigual y rozada por el transporte desde su lugar de origen. La niña estuvo acariciando mucho rato la superficie rugosa de la piedra y, después de un rato, se fue.

A los pocos meses la niña regresó al taller y vio sorprendida que en el lugar de la enorme piedra, se erguía un hermosísimo caballo que parecía ansioso de acabar de liberarse de la fijeza de la estatua y ponerse a galopar. Entonces la niña se dirigió al escultor y le dijo:

  • ¿Cómo sabías tú que dentro de esa enorme piedra se escondía este precioso caballo?

Editorial Amat
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Bibliografía:

Del libro: Ámame para que me pueda ir. Jaume Soler y Mercè Conangla

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