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Esto cambiaría una mujer de 50 años si tuviera 20 de nuevo

Por Phrònesis
Esto cambiaría una mujer de 50 años si tuviera 20 de nuevo

Como cualquier día a mitad de semana, me preparaba para mis actividades matutinas. Con el paso de los años he forjado un estilo de vida que me enorgullece y complace. Aunque las adversidades son difíciles de evadir, he aprendido a superarlas mientras aprendo de ellas.

Todo hubiese transcurrido como cualquier otro día de no ser por un detalle que llamó especialmente mi atención.

Una notificación en mi celular me recordó un evento que nunca creí causara tal impacto en mi interior: mi cumpleaños número 50. Generalmente, no le doy demasiada importancia a la celebración de mi natalicio. No necesito una fecha especial para celebrar, viajar o, simplemente, mimarme. No soy del tipo de mujer que se esmera por ocultar su edad; siento que he llevado una vida satisfactoria sin temor a darme gusto.

Sin embargo ese día, fue inevitable pensar en el paso del tiempo. 50 resulta ser una cifra con mayor sugestión de la que podría imaginar. De repente, recordé cómo solía visualizar mi vida a los 50 años cuando apenas llegaba a los 20. Por supuesto, la visión de ese entonces dista por mucho de mi estilo de vida actual.

El comienzo de la introspección

Los momentos reflexivos no son ajenos para mí. Me gusta analizarlo todo a profundidad. Excepto, como lo noté ese día, mi paso a través del tiempo. ¿Es mi vida ahora tan satisfactoria como la imaginé de joven? Quizá no sea mejor ni peor, solo es diferente.

Entonces, se me ocurrió pensar en qué le diría a mi yo de 20 años. Al principio creí que ese era un pensamiento demasiado trillado. Luego, me liberé de todo complejo y me enfoqué en la situación. ¿Me abordaría con la típica lista de consejos sobre cómo actuar para evadir los fracasos? No. Sería tanto como desaprobar todos los procesos que me han hecho como soy.

Así supe que sería inútil aconsejarme. Mi esencia y todo lo que soy perdería sentido totalmente si hubiese sabido cómo actuar siempre en cada situación. ¿No son acaso las incertidumbres, los riesgos, las caídas y fracasos los combustibles de la vida? No podría valorar en quien me he convertido si en el proceso hubiese conocido todas las respuestas.

Definitivamente, no le daría ningún consejo a mi yo más joven. Mientras asimilaba mis 50 años recién cumplidos, entendí el valor de haberme hecho a mí misma. Tal vez el poder de cambiar el pasado no sea mi mayor anhelo.

¿Arrepentirme? ¡Jamás!

Cuanto más profunda era la introspección en el camino hacia mis 50, mayor era la sensación de satisfacción. Esa notificación automática en mi celular, me hizo consciente de la importancia de asumir la vida como se presenta.

Puedo decir honestamente que no me arrepiento de nada. Las buenas experiencias llegaron en su justa medida. Los errores me enseñaron a perseverar. Las situaciones desagradables forjaron mi carácter y los problemas me impulsaron a encontrar soluciones.

La experiencia no es egoísta

Con esa sensación interna del “deber cumplido” (o algo parecido) pensé que debía ser realista. Aún no es posible viajar en el tiempo. Por ende, se me ocurrió que todos esos consejos que son imposibles de transmitir a mi versión veinteañera, los puedo compartir actualmente con quien los necesite.

La experiencia no solo me ha enseñado que el conocimiento más valioso es el que se comparte. De nada sirve la sabiduría si permanece oculta. También me ha mostrado la más útil y práctica de todas las lecciones.

Hablo de aprender a “soltar”. En contraposición a los grandes apegos que nos echamos a cuestas. Esos que causan un sinnúmero de sufrimientos cuando la vida y las personas no responden como esperamos.

“Soltar” es válido para abandonar un vicio, para cambiar las ideas a las que nos aferramos. También es válido para las personas que queremos poseer y cambiar. “Soltar” funciona con lo material, donde el centavo y su atesoramiento degenera en una obsesión permanente.

El antídoto contra el sufrimiento

Aunque suene extraño, cuando “soltamos” contrarrestamos los efectos del sufrimiento. Este, a diferencia del dolor, se da cuando las personas y sus actos escapan a nuestro control. Cuando nos obsesionamos con un vicio, cuando nos convertimos en víctimas del dinero o nos limitamos a ver un solo lado de una idea.

Mientras nos aferremos a nuestros apegos, sin ser capaces siquiera de observarlos o de aceptar que somos víctimas y títeres de ellos, la felicidad seguirá muy lejos de nosotros.

Esta, sin lugar a dudas, es una de las dos lecciones de vida que quisiera compartir con quien pudiera necesitarla. Este principio me ha permitido ser quien soy y saberlo con orgullo.

La segunda lección es: No pretendas cambiar el pasado, es tan inútil como arrepentirte de tus actos. Invierte tu tiempo en aprender a interpretar las lecciones de la vida. De este modo, cuando cumplas 50 años, superarás las expectativas que tenías a los 20.

Referencia:

Basado en una historia real de María Cecilia Bernal, Oftalmóloga Colombiana.

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