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Personajes en busca de dueño: Posverdades y Ecología Emocional

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Por: Mercè Conangla y Jaume Soler
@EcoEmocional

El Parlamento de los yoes, asamblea de muñecos

La suma total de las propias experiencias y recuerdos forman una unidad absolutamente distinta de la de cualquier otra persona. A esta unidad le damos el nombre de “Yo”. ¿Qué es este “Yo”?”.
Josef Alexander Schrödinger

Explica Erich Fromm: El hombre en cada cultura contiene todas las posibilidades: el hombre arcaico, el depredador, el caníbal, el idólatra y el ser dotado de la capacidad de razón y amor y justicia. El contenido del inconsciente no es ni bueno ni malo, ni racional ni irracional, sino todo al mismo tiempo: está compuesto de todo lo que es humano.

Cada ventrílocuo dispone de un repertorio más o menos amplio de muñecos. Hay muñecos que tienen escasa cuota de voz y raramente el ventrílocuo los saca de su escondite. Otros, en cambio, disponen de elaborados discursos, muy ensayados. Cuando toman la palabra son difíciles de acallar. Incluso el propio ventrílocuo puede tener dificultades para “hacerlos volver a su baúl”. Cuestión de control, o, mejor dicho, de autocontrol.

A menudo los diferentes muñecos entablan conversación. Entre ellos también se da la lucha de poder. Cada uno tiene mucho que decir y quiere dejarse oír. Por ello, cuando uno acapara tiempo y protagonismo, los demás se pelean con él.

El ventrílocuo intenta poner orden y no siempre lo consigue. Golpea y golpea con su martillo sobre la mesa para dar la palabra, hacer callar o mediar en los conflictos que se presentan. En algunas ocasiones acaba dejando a sus muñecos descontrolados en la sala y dimite de su responsabilidad, escondiéndose en algún lugar alejado para no oír tamaño alboroto.

En el parlamento de los Yoes, puede dominar el muñeco de la razón o el del corazón. En las contadas ocasiones que llegan a acuerdos, el ventrílocuo siente paz. No obstante, cuando no lo consigue, la pelea entre ambos bandos prosigue inacabable.

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Personajes en busca de dueño

Continuamos siendo imperfectos, peligrosos y terribles, y también maravillosos y fantásticos. Pero estamos aprendiendo a cambiar”. Ray Bradbury

¡Es preciso utilizar alguna estrategia! A más necesidad, más urgente es disponer de uno o varios personajes que alternativamente consigan su dosis de atención.
Así que disponemos de una caja llena de muñecos. Son personajes en busca de dueño. ¿Alguno de estos forma parte de tu repertorio?

Soy perfecto/a

Todo lo hace bien, sabe todo, es competente en todo. Encuentra los defectos de los demás con una gran facilidad. No tolera la imperfección. Es exigente. Quiere dar la imagen de alguien que está por encima de los demás. Busca un elevado nivel de excelencia. No tolera los errores. Suele desquiciarse ante la incompetencia que detecta. Los demás le temen, tal vez lo obedecen, pero no lo aman.

Estoy muy ocupado/a

No sabe si va a poder atendernos. Consulta a menudo su agenda. No tiene tiempo ni para respirar. Está tan solicitado que te pone a la cola de su larga lista si le pides algo. Es alguien que tiene mucha prisa y vive muy aprisa.

Yo controlo

Está pendiente de lo suyo y también de lo de los demás. En el fondo, se siente “Todopoderoso” y cree que, si no está al tanto de todo, el mundo se caerá. Es alguien convencido de su propia importancia y de su papel en el universo. Si se distrae será catastrófico. Por ello, pregunta, dirige, manda, controla, no delega, no confía, y se cansa, se cansa mucho. Se parece a un malabarista con demasiadas bolas en el aire que en cualquier momento pueden caer.

Soy el/la más divertido/a del grupo

Quiere ser centro de atención. Desea ser el más “importante”. Explica chistes, intenta sacar la punta de todo. Busca sorprender y hace de “payaso” para provocar la risa y el deleite. Suele ser muy popular. Es por sí mismo el “equipo completo de animación” de una celebración, de una salida, de una cena… Se le echa en falta cuando no está. Y, no obstante, si preguntas a los demás quién es, qué hace realmente, qué siente, qué le importa lo bastante como para luchar… se quedan callados pues no han visto más “Yo” que la máscara de la diversión.

Presume de culto/a

Alardea de lo que sabe, de las exposiciones que ha visitado, de las funciones de teatro que ha ido a ver, de los conciertos, de los últimos libros leídos. Deja caer a menudo citas de quien dijo qué. Da por supuesto que los otros saben de qué habla a pesar de ver su cara de desconcierto. Raramente permite que otro hable. Quiere la última palabra. Está convencida de que está por encima de los demás. Su auditorio suele asentir en silencio temeroso de mostrar su ignorancia.

Tengo mucha clase

Critica a los demás por como visten, como hablan, como se comportan. Los juzga y los clasifica con base a su propio estándar. Explica dónde compró qué y lo carísimo que es. Desprecia lo común. Busca lugares exclusivos, únicos… habitualmente caros. Necesita que le admiren, que le reconozcan diferente y especial. Tal vez porque no se siente así.

Pobre de mí, víctima de la situación

Busca ser compadecido/a, la piedad de los demás y generar lástima. Es una forma fácil de obtener atención. ¡Hay tanto salvador suelto! Cuando parece indefenso/a, mostrando su vulnerabilidad y alardeando de ella, los muñecos-salvadores de otros ventrílocuos salen disparados de su baúl, prestos a brindar ayuda. A esta persona las cosas le pasan, la vida es injusta, no ha estado de suerte, se le acumulan las desgracias, la gente no la trata bien… No asume la responsabilidad de su relato.

Erizo-No te acerques a mí

No es que en determinadas ocasiones “despliegue sus púas para defenderse”, es que suele ir casi siempre con ellas puestas, listas para pinchar. Este personaje es quisquilloso, hostil, no acepta la cercanía de los demás, desconfía. Considera que los demás son un peligro si se acercan demasiado. En el fondo está muy solo/a y se queja amargamente por ello. No entiende que la intimidad requiere distancias cortas.

Niñito/a indefenso/a

A veces, por sorpresa, sale del baúl y toma la palabra. Mira asustado/a a su alrededor, siente temor y, sobre todo, inseguridad. No confía en sí mismo/a y busca en los demás aliados y salvadores que den respuesta a sus necesidades. Utiliza su voz, su mirada, su corporalidad para manipular a los demás y “hacer que hagan” lo que no está dispuesto/a a hacer ni asumir. Dispone de muchas estrategias de seducción que siempre le han funcionado. Modula dulcemente la voz y le tiembla un poquito. Sonríe a medias como pidiendo perdón. Su indefensión despierta en los demás al salvador que llevan dentro.

Salvador todopoderoso

Lo conocemos. Lo somos. Es uno de los grandes arquetipos. Ser salvadores nos hace sentir bien: poderosos, competentes, útiles, superiores, fuertes, necesarios, necesitados, reconocidos. Pero si este personaje toma el protagonismo de la función puede convertirse en insoportable. Porque para que en la obra el salvador tenga un buen papel debe existir alguna víctima o niño/a indefenso/a que salvar.

Por favor, adúlame un poco

Busca desesperadamente la aprobación, la admiración y la adulación de los demás. No le importa que no sea cierta: ¡Dime que soy magnífica, aunque no lo creas así! Dime que soy la mejor, la más guapa, la más inteligente, ¡la más de lo más! Deficitaria de vitaminas emocionales se desdibujó en algún momento y necesita que las palabras de los demás la dibujen como ella se imaginó. A cambio de recibir la adulación, está dispuesta a pagar un elevado precio. Es capaz de arrastrarse, de esconder su realidad, de dejar de ser quien en el fondo es. Se alimenta de falsedad.

Algunos de estos personajes se lo creyeron tanto que tomaron vida y el control del ventrílocuo y, acaparando la escena, elaboran un único relato.

Personajes encerrados, represión emocional, rebelión de muñecos

¿Cuánta humanidad hay en el autómata y cuánto de autómata en el ser humano?

El ventrílocuo se quedó sin palabras porque, bloqueados y encerrados en el baúl del subconsciente, los diferentes muñecos que lo componen están aprisionados y en silencio.
El ventrílocuo teme dejarlos salir. Tiene miedo de lo que podrían contar a los demás.
Lo que siente en su interior es doloroso y caótico.
Está convencido de que, si permite que sus personajes se expresen, los espectadores sentirán tal desagrado y tal rechazo, que acabarán dejándolo solo a él y a su teatrillo.
Así que, ante la duda, prefiere dejar de expresarse. Tapa la boca a sus muñecos con cinta aislante y, uno a uno, los mete en el baúl. Cierra con llave la tapa y se sienta encima.

Así, acaba provocando él mismo lo que tanto temía que pasara: ahora está solo, sin los demás, pero – lo que es más peligroso de todo – sin él mismo.
El ventrílocuo pierde el control de los muñecos y ya no es dueño de su relato.
Tal vez, desde dentro de la caja, ellos murmuren historias por su cuenta.
La represión emocional es un encierro. Desconectadas y sin voz, algunos aspectos de nosotros mismos quedan silenciados.
¿Qué ocurre con aquellas emociones que no nos permitimos sentir, experimentar o expresar? ¿Acaso desaparecen por el hecho de ignorarlas? ¡De ningún modo! Ellas siguen haciendo su curso, pero ahora, un curso alterado.
Las emociones reprimidas se van descomponiendo, generando tóxicos que acaban corrompiendo lo mejor de uno mismo. Si las mantenemos encerradas demasiado tiempo, si reprimimos la expresión de nuestros muñecos, podemos acabar provocando una rebelión. Cuando menos lo pensemos van a romper el baúl y saldrán descontrolados a derrocar el ventrílocuo.

Lo más inteligente sería dialogar con todas nuestras voces y atender a sus sorprendentes relatos, y necesitamos mucha valentía para hacerlo.

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Bibliografía

Artículo extracto del libro “POSVERDADES EMOCIONALES”.
Mercè Conangla y Jaume Soler. Editorial Amat. 2018

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