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Deja de culpar a los demás y toma el control de tu vida

Por Phrònesis
No culpes a otros

La culpa es la responsabilidad absoluta de un suceso por lo general de consecuencias negativas y perjudiciales para una o más personas.

Cuando las causas o consecuencias de un evento no son especialmente positivas y generan daño en nosotros mismos o en quienes nos rodean, muchos prefieren saltar la cuerda de la responsabilidad y optar por el camino fácil: convencerse a sí mismos y a los demás de que — citando al filósofo Jean Paul Sartre — “el infierno son los otros”.

El concepto responsabilidad se entiende del mismo modo que su procedencia etimológica: responsus (respuesta).

La responsabilidad es la capacidad de responder por los actos cometidos, de asumir inexcusablemente y al margen de toda excepción que somos los únicos capitanes a cargo de navegar el barco de nuestras vidas.

Cuando este principio de libertad ha sido distorsionado por falta de confianza en nosotros mismos, una crianza poco asertiva caracteriza por la sobreprotección o simple inmadurez emocional, nuestros actos negativos son interpretados como “sucesos externos”, episodios de una película que corresponde a otra persona atender.

Para la psicóloga Susan Krauss, existen cinco razones principales por las que preferimos culpar a los demás antes que aceptar que hemos cometido un error:

  1. Preservar nuestro sentido de autoestima y evitar exponernos como personas vulnerables.
  2. Dirigir nuestra agresividad cuando no sabemos resolver los problemas de forma constructiva.
  3. Dar una interpretación lógica a los sucesos cuando carecemos de una habilidad desarrollada para comprender por qué los demás — o nosotros mismos — se comportan de cierta forma.
  4. Sentirnos menos involucrados o comprometidos.
  5. Porque es mucho más fácil mentir que aceptar la culpa y solucionar el problema asertivamente, o como diría Dr. House respaldado por el investigador Robert Feldman: “Porque todos mienten”, y esperamos gustosos que nadie lo descubra.

Culpamos a otros… para preservar nuestra autoestima y evitar exponer nuestra vulnerabilidad

Reconocer que nos hemos equivocado supone desnudarnos frente a la persona ante la cual reconocemos nuestro error y permitir que nos vea tal y como somos: seres humanos con defectos y virtudes.

Esto puede resultar incómodo, en especial si no estamos en sintonía con valores como la humildad y la honestidad, o si nos produce temor transmitir a los demás la idea de que somos personas vulnerables.

De manera que desplazamos la culpa para sostener una imagen impecable de nosotros mismos y también para seguir viéndonos al espejo como seres competentes y aptos en lugar de imperfectos y frágiles.

Culpamos a otros… para enfocar nuestra agresividad cuando no sabemos resolver los problemas de forma constructiva

Para Krauss, culpar a otros es un “método de resolución de problemas destructivo”, ya que ocasiona daño en los demás.

Cuando no contamos con herramientas constructivas para abordar las dificultades, adoptamos una postura hostil donde las adversidades son lagartos devoradores de sueños y alegría en lugar de oportunidades para efectuar cambios positivos y crecer interiormente.

La frustración que experimentamos al sentirnos víctimas sin merecimiento y la incapacidad de salir por cuenta propia de nuestros laberintos emocionales nos lleva a optar por el camino fácil: responsabilizar a los demás en un intento por hacer que sean ellos quienes resuelvan las crisis en nuestro lugar.

Culpamos a otros… para dar una interpretación lógica a los eventos que no comprendemos

Existen situaciones que pueden ser especialmente difíciles de comprender, ya sea porque chocan con nuestro sistema de valores y creencias o porque no contamos con la preparación emocional para hacerles frente.

Cuando un evento de gran impacto en nuestras vidas parece falto de significado, la ausencia de una “razón de ser” produce incertidumbre, una sensación de desasosiego que causa malestar emocional.

Bajo este panorama, optamos por culpar a otros para focalizar nuestra desesperación y aliviar la angustia.

Culpamos a otros… para evitar asumir la responsabilidad y sentirnos menos comprometidos

El compromiso es más que un enunciado verbal: es la disposición plena a vernos involucrados en una circunstancia.

Comprometernos con algo implica contar con la madurez emocional para asumir una obligación, cargar con el peso de nuestros errores y resolver problemas. Este conjunto de deberes básicos puede ser aterrador cuando sentimos que nuestras capacidades se ven rebasadas. .

Culpamos a otros… porque es mucho más fácil mentir que aceptar la culpa y solucionar el problema

Culpar a otros (incluso si esto supone mentir) hace que los problemas sean más fáciles de sobrellevar. Nos da la libertad para construir una imagen distorsionada de nosotros mismos y convencer a los demás de que somos más prudentes o éticos de lo que nos veríamos obligados a reconocer si decimos la verdad.

El secreto: asumir la responsabilidad nos da el poder de cambiar nuestra vida

La necesidad de culpar a otros nos gobierna cuando vemos el asumir la responsabilidad de nuestros actos como una desventaja y no como lo que es en realidad: una bendición.

Otorgamos a la libertad, en estos casos, un enfoque de imposición negativa que nos lleva a quejarnos de los problemas en lugar de idear soluciones. Pensando de este modo, es entendible que busquemos formas de liberarnos de la esclavitud de la libertad.

Pero la responsabilidad no es una condena existencial, sino un privilegio. El autor motivacional Hal Elrod lo resume muy bien en una sola frase:

“El momento en que aceptas la responsabilidad por todo lo que ocurre en tu vida es el momento en que obtienes el poder necesario para cambiar cualquier cosa que ocurra en tu vida”.

No puedes hacer que las cosas mejoren si te convences de que todo cuanto afecta tu vida sucede de forma aislada y se te sale de las manos. Pensar de este modo es resignarse a una existencia de la cual no se sabe nada; reconocerte un personaje secundario en la película de tu propia vida.

Lo opuesto es tomar el timón del barco, elegir el destino en lugar de naufragar cómodamente en un trozo de madera.

Lo opuesto, de hecho, es vivir.

Referencias: Psychology Today

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