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Nueva investigación explora las consecuencias de la honestidad en la vida cotidiana

Por Phrònesis
Nueva investigación explora las consecuencias de la honestidad en la vida cotidiana

¿Alguna vez has evitado ser honesto por temor al “qué dirán”?

La honestidad es uno de los valores morales más apreciados en todas las culturas del mundo, sin embargo, muchas personas evitan recurrir a él por miedo a recibir una respuesta negativa de los demás; es entonces cuando las “verdades a medias” y “mentiras piadosas” entran en escena para disfrazar el verdadero color de nuestros sentimientos y hacernos sentir más cómodos en nuestro círculo social, a veces, contaminado por la ilusión y las máscaras.

“Ningún legado es tan rico como la honestidad”, escribió el dramaturgo William Shakespeare hace más de 200 años, quien también se refirió en sus obras a lo dañino y perjudicial que puede ser el miedo para el corazón de los hombres; y aunque la ciencia suele narrar un discurso muy distinto al que predica la literatura y el drama teatral, los investigadores le dan la razón, en esta ocasión, al autor de Romeo y Julieta, nacido en el siglo XIV.

¿Exageramos las consecuencias de la honestidad?

De acuerdo con científicos de la Escuela de Negocios Booth de la Universidad de Chicago, aunque la mayoría de las personas valoramos el principio moral de la honestidad, solemos evitar el ser honestos en la vida cotidiana y preferimos recurrir a “mentiras blancas” para zafarnos de una situación social incómoda o evitar conflictos.

La razón es que asumimos que la honestidad nos traerá problemas, o que los demás no sabrán interpretar constructivamente lo que deseamos decirles.

Curiosamente, la investigación también sugiere que, a menudo, podríamos ser mucho más honestos de lo que elegimos ser, y que nuestro entorno está mucho más capacitado para manejar la verdad de lo que pensamos. 

“A menudo somos reacios a tener conversaciones completamente honestas con otros. Creemos que ofrecer comentarios críticos o abrir nuestros secretos será incómodo tanto para nosotros como para las personas con las que estamos hablando” (Emma Levine, co autora del estudio)

Los resultados del estudio concluyen que los temores que usualmente tenemos a la hora de comunicarnos honestamente con otras personas son infundados, y que, en realidad, las conversaciones honestas son mucho más agradables tanto para quienes hablan como para quienes escuchan. 

El experimento

Para la realización del estudio, los investigadores definieron la honestidad como “hablar de acuerdo con las propias creencias, pensamientos y sentimientos”. A continuación, se llevaron a cabo una serie de experimentos para medir las consecuencias reales y pronosticadas de la honestidad en la vida cotidiana.

El equipo pidió a los participantes del estudio ser completamente honestos con todos en sus vidas durante tres días. Además, en un experimento de laboratorio, los participantes tuvieron que ser honestos con un compañero relacional cercano mientras respondían preguntas de discusión personales y “potencialmente difíciles”; por último, un tercer experimento instruyó a los participantes a compartir honestamente comentarios negativos con un compañero relacional cercano.

En todos los experimentos, las personas pronosticaron que la honestidad sería poco agradable y que establecerían menos conexión social de lo que finalmente pudieron establecer. Los investigadores consideran que, al evitar la honestidad, las personas pierden oportunidades que apreciarían a largo plazo y que desearían poder repetir.

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