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Claves para entender el trastorno de pánico

Por Phrònesis
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Todos tenemos probabilidades de sufrir al menos una crisis de pánico alguna vez en la vida, debido a situaciones extremas o quizá sin causa aparente. Esta es una de las experiencias más terroríficas que cualquier persona puede vivir, pues los síntomas se caracterizan por ser intensos e ir acompañados de percepciones subjetivas de peligro o muerte inminente. 

La principal característica del trastorno es la presencia de episodios de pánico inesperados y frecuentes. Algunas personas suelen experimentar crisis en situaciones o escenarios concretos, esto no significa que exista una relación directa entre el evento y las condiciones circunstanciales, pero puede que se trate de factores detonantes que vale la pena identificar. 

Las personas diagnosticadas con Trastorno de Pánico describen las sensaciones implícitas en cada episodio como: aprensión, miedo pavoroso, terror y síntomas físicos como falta de aliento, palpitaciones, malestar torácico, sensación de asfixia o de atragantamiento, sudor excesivo, temblores, náuseas, mareos y el miedo a perder el control.

Otra de las sensaciones predominantes durante los ataques de pánico es la necesidad de huir del sitio donde ha iniciado la crisis, debido al miedo desmedido a enfermedades vasculares, como un infarto, o a morir. 

¿Qué dice la ciencia?

En el DSM – IV (Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales) se explican brevemente dos tipos de crisis de pánico (o de angustia):

  1. Crisis de angustia inesperada: aquella que se presentan de forma espontánea y que se caracteriza, como su nombre lo indica, por no tener relación con un desencadenante ambiental. 
  2. Crisis de angustia situacional: aquella que se relaciona con factores desencadenantes de manera indirecta; son menos frecuentes.

Según el manual, publicado por la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, estudios previos indican que la prevalencia del Trastorno de Pánico se sitúa entre el 1,5 y el 3,5 % de la población general. La edad de inicio del trastorno varía considerablemente, aunque lo más típico es que tenga lugar entre el final de la adolescencia y la mitad de la cuarta década de la vida. 

La frecuencia e intensidad de cada crisis depende del paciente; algunos reportan episodios de pánico una vez a la semana; otros, una vez al día, pero solo durante una semana al mes. También están quienes experimentan crisis separadas entre sí por semanas o meses.

¿Qué provoca el trastorno de pánico?

Los trastornos psicológicos no tienen una causa exacta, por lo tanto, saber por qué una persona desarrolla trastorno de pánico y otra no es, de momento, un misterio.

Esto no significa que la ciencia no haya podido hacer nada. Investigaciones anteriores han hablado de factores hereditarios que se suman a nuestras experiencias de vida, haciéndonos más o menos propensos a sucumbir ante la angustia. El problema sería ocasionado por un desbalance en la serotonina, la noradrenalina y la dopamina, sustancias químicas que actúan como neurotransmisores o mensajeros, y que influyen mucho en el estado de ánimo y el nivel de ansiedad.

Una persona con trastorno de pánico aprende a estar siempre a la expectativa de una nueva crisis, por eso cualquier estímulo similar a las sensaciones que experimenta durante un episodio le predisponen a sufrir uno. 

Ahora bien, es importante recordar que no todas las personas que sufren ataques de pánico a lo largo de vida desarrollan el trastorno, hay quienes sólo experimentan crisis una o dos veces y nunca vuelven a vivirla.

¿Qué hacer?

No se puede prevenir el trastorno de pánico mientras no sea posible identificar a ciencia cierta qué lo causa, sin embargo, es posible que se pueda evitar un ataque de pánico si conocemos sus desencadenantes.

Las personas que encuentran dificultades para lidiar con la ansiedad y la angustia deben procurar asistir a tiempo con un especialista que les ayude a identificar sus “factores detonantes”, comprender a profundidad los síntomas y distinguir las señales de una nueva crisis.

Un profesional de la salud mental está capacitado para proporcionar herramientas de apoyo que nos faciliten sobrellevar (si no vencer del todo) los ataques de pánico. 

El pronóstico del trastorno es muy positivo. Si una persona diagnosticada asiste a terapia, la condición puede desaparecer por completo con el tiempo. Lo importante es seguir las instrucciones de los especialistas y poner en práctica las tareas que el terapeuta asigne; entre ellas, suelen estar:

  • La práctica habitual de actividades físicas para reducir el estrés y calmar la mente.
  • Descansar lo suficiente, permitir al cuerpo regenerarse y recargar energías.
  • Evitar a toda costa sustancias tóxicas como el alcohol, la cafeína y el tabaco, que normalmente son predisponentes.

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