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Posverdades emocionales: el autoengaño y yo – Parte I

Por pruebas
Posverdades emocionales: el autoengaño y yo - Parte I

Mercè Conangla y Jaume Soler
Twitter: @EcoEmocional

“Un día, -dice el ventrílocuo-, me di cuenta de que mi muñeco me tenía atrapado y que yo no era libre. Él había tomado las riendas de mi relato. Cuando decidí liberarme, el muñeco quedó supeditado a mi voz. Hoy vivo atento para que él no tome otra vez el mando”. Soler&Conangla

Posverdad emocional

Decía Carl Gustav Jung: “Tu visión devendrá más clara solamente cuando mires dentro de tu corazón… aquel que mira afuera, sueña. Quien mira en su interior, despierta”.

Nos preguntamos el porqué de esta posverdad social y no podemos dejar de aplicar una de las ideas fuerza que plantea nuestro modelo de Ecología Emocional: “Tal y como somos nosotros, así es el mundo”. Lo que sucede afuera es el reflejo de lo que nos ocurre por dentro. Vamos a hacer, pues, un paralelismo entre el fenómeno de posverdad social que padecemos y, lo que vamos a denominar hipotéticamente, nuestra posverdad emocional.

Así veremos que cada uno de nosotros es “multitud” por dentro.
Que nos habitan muchas voces que quieren explicar “su verdad”.
Que a veces enmudecemos algunas de ellas porque su explicación no encaja con la simplificación que hacemos de nuestro relato.
Que podemos movernos más por instrucciones automáticas generadas por determinadas creencias que por una reflexión ética y por la búsqueda de veracidad.
Que nos autoengañamos a nosotros mismos para evitar el sufrimiento que algunas verdades pueden ocasionarnos y para evitar que resquebrajen nuestra coraza de protección.

Mediante una metáfora, la del ventrílocuo y sus muñecos, navegaremos por nuestro mar interior y nos daremos cuenta de que cada muñeco representa un personaje que tiene algo que decirnos. Podar, esconder su verdad o quedarnos sólo con la de uno de ellos, va a generar una posverdad emocional que nos alejará de nuestra coherencia y, por lo tanto, de nuestro bienestar y salud.

Ventrílocuo

Ventriloquia: palabra derivada de ventrílocuo, que a su vez proviene del latín ventriloquus, “el que habla con el vientre”. Es el arte de modificar la voz para imitar otras voces u otros sonidos. Dado que la ventriloquia está orientada al mundo del espectáculo, forma parte de la brillantez de la actuación el que la emisión de voz se haga de la forma más discreta posible, esto es, que el ventrílocuo sea capaz de dar voz al muñeco sin mover, o casi sin mover, los  labios, de modo que una vez proyectada la voz, parezca originarse efectivamente en el propio muñeco.

El ventrílocuo es la representación metafórica de nuestro yo ejecutivo consciente, esta parte de nuestro cerebro ejecutivo que, de forma parecida a un director de orquesta, da la entrada, marca el ritmo, acalla, impulsa, coordina, los diferentes intérpretes y voces internas que nos representan.

Ventrílocuo es, en definitiva, la voz que acabamos manifestando a los demás, una especie de portavoz de nuestra diversidad interna. Nuestro ventrílocuo, de forma parecida a un director de orquesta, intentará orquestar – valga la redundancia – nuestras voces interiores y ponerlas de acuerdo. No siempre será posible.

Soy el ventrílocuo

Me presento: Soy el ventrílocuo. Soy muchos yoes en acción. Distintos, diversos, singulares, les permito que tomen protagonismo en función del momento. Yo hablo a través de ellos. Ellos me representan. Soy su Dios: yo los creo y les doy vida. Yo los callo y los elimino. Ellos me constituyen, son fragmentos de mí mismo con cierta autonomía.

Cambio de muñeco en función del personaje y de la imagen que me interesa mostrar y, de tanto cambiar los muñecos, ya no sé cuál me representa en mi esencia. A veces me pierdo entre tanto personaje. En todos hay presente algo de mí y también algo que me huye. Para no sentir la soledad de ser sólo uno, me disperso, divido, disemino, en los diferentes roles que me representan.

Me sé vulnerable, y por ello escondo determinados aspectos de mi persona y resalto otros. He creado personajes falsos que no se parecen a mí pero que encajan y cumplen las expectativas de los “otros”. Convivo entre la verdad y la mentira caminando por un fino alambre que en cualquier momento se puede romper.

Soy el ventrílocuo: intento dar “unidad” a lo que soy y al mismo tiempo intento protegerme del posible daño que puedo recibir si me muestro demasiado.

Yo y mis muñecos

“Yo soy yo y mis circunstancias”. Ortega y Gasset

Diversos muñecos representan al ventrílocuo que es el resultado de las múltiples combinaciones, interacciones, dominancias y predominancias de unos sobre otros; de las relaciones de poder o de sumisión que establecen; de las ausencias, del abandono y del enmudecimiento de algunos muñecos que el ventrílocuo no deja asomar.

El ventrílocuo propone y los muñecos disponen o ¿tal vez es al revés?, ¿los muñecos proponen y el ventrílocuo dispone?

No siempre el ventrílocuo ostenta el mando de la situación. A veces, por imperativo de supervivencia, los muñecos toman el mando y empiezan a comportarse sin control, a ironizar, a insultar, a decir lo indecible o lo que siempre habíamos evitado expresar; a comportarse descaradamente o a burlarse de lo que considerábamos más sagrado. En momentos así, el ventrílocuo queda mudo, contemplando asombrado y con terror cómo estos personajes surgen de su interior. Afortunadamente, o no, esta situación no suele alargarse en el tiempo.

Avergonzado, tal vez sintiéndose culpable, el ventrílocuo consigue guardar en el baúl los personajes sublevados. Nuevamente amo de los hilos, intenta recuperar el relato.

Escuela de ventrílocuos

Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan solo lo que he visto.
Y he visto:
que la cuna del hombre la mecen con cuentos,
que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,
que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,
que los huesos del hombre los entierran con cuentos,
y que el miedo del hombre…
ha inventado todos los cuentos.
Yo no sé muchas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos…
y sé todos los cuentos.

Nacemos. Y, como escribió en este bello poema León Felipe, nos duermen con cuentos. Y también nos despiertan con teatrillos de títeres que a veces nos asustan, otras nos hacen reír y siempre nos enseñan.

Observamos a nuestros mayores, asistimos a numerosas funciones de teatro y, como espectadores, respondemos a la representación que han preparado para nosotros. Comedias, tragedias, dramas, monólogos, actos sacramentales, teatro humorístico, se suceden en escenarios diversos. Nos conmovemos, nos asustamos, reímos, aplaudimos o nos escondemos, según los personajes y su papel en la función.

De pequeños somos “esponjas” y absorbemos lo que vemos y oímos. Hay conductas que nos impactan profundamente y que integramos en nuestra memoria emocional; sean agradables o no, a  veces podemos sorprendernos a nosotros mismos reproduciendo aquella forma de actuar.
“¡Igualita que mi madre!”, se horrorizaba una conocida que, precisamente, no se llevaba demasiado bien con ella. Había reproducido una expresión, un tono de voz e incluso una expresión facial que nos la recordó a todos los que la oímos.

Para conocer más sobre la historia del ventrílocuo, lee la segunda parte: Posverdades emocionales: el autoengaño y yo – Parte II

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