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Autocompasión: juzgarnos menos, abrazarnos más

Por Phrònesis
Autocompasión: juzgarnos menos, amarnos más
Redacción Editorial Phrònesis.

“El infierno son los otros”, escribió el filósofo Jean-Paul Sartre, pero la verdad es que, a veces, el infierno es uno mismo. Es la propia indiferencia, la severidad, la paciencia que nos negamos, la asfixia de las emociones, el “no voy a llorar”, el “nada lo sufro…”

Es el borde afilado de nuestros pensamientos y de lo que nos prohibimos sentir, aun yendo contra natura, lo que nos perfora las ilusiones y nos enjaula la alegría.

La ausencia de autocompasión es a menudo la principal causa de un escenario de vida plagado de autoexigencia dañina y rigidez tóxica, una especie de espectáculo donde las lágrimas se ocultan bajo máscaras de invencibilidad porque “ser débil es inaceptable”, y las tristezas más profundas se esconden en la risa, justo en la comisura de la boca, donde se deforman y se pierden sin ser vistas.

Para el escritor Mario Benedetti, “hay cierta alegría en saber que aún podemos estar tristes”, y a pesar de que los psicólogos concuerdan citando la importancia de experimentar a flor de piel cada una de nuestras emociones, lo cierto es que no siempre es fácil… en especial cuando hemos silenciado nuestro derecho a la tristeza y la idea de la vulnerabilidad se disfraza de monstruo.

Pero ¿por qué nos cuesta tanto elevar la bondad interior cuando, quien sufre, habita nuestro cuerpo, navega el mismo océano de amargura? Con frecuencia y sencillez nos volcamos ante la desgracia de quienes nos rodean a través de un gesto, un silencio cálido o una palabra de aliento. Lo siento, gracias, te amo… Son frases que comúnmente decimos a los demás pero que, de algún modo, olvidamos por completo decirnos a nosotros.

La psicóloga Kristin Neff, especialista en el estudio de la autocompasión, considera fundamental derribar la creencia de que ser autocompasivo equivale a sentir lástima por uno  mismo, ser autoindulgente o separarse del resto del mundo para extraviarse en el abismo del propio dolor.

Tampoco la autocompasión supone falta de amor propio o autoestima, ya que, a diferencia de ambas, no se basa en la evaluación o la validación que podamos darnos o recibir de otros sino en un principio esencial de humanidad. Sentimos compasión hacia nosotros, dice Neff, porque somos humanos… y todo ser humano merece entendimiento sin importar lo que tenga o no tenga, lo que sea o haya dejado de ser.

Sé para ti mismo el amor que nunca has recibido.

(Rune Cazuli).

Cómo ser autocompasivos nos hace más fuertes

Para entender la autocompasión es necesario pensar primero en cómo funciona la compasión, esa habilidad que nos permite conectar con el sufrimiento de otros pero también movernos a causa de él, empujados por un llamado a hacer algo para disminuirlo.

El entendimiento y la bondad que damos a otros cuando sabemos que han fallado o cometido errores, cuando vemos en ellos la desolación y la pedida de auxilio, es el mismo entendimiento y bondad que la autocompasión nos permite darnos.

“La frustración de no conseguir que las cosas se den exactamente como queremos a menudo va acompañada de una sensación irracional pero muy persuasiva de aislamiento, como si Yo fuese la única persona que sufre y comete errores. Todos los humanos sufren, la definición de ser humano encierra que uno es mortal, vulnerable e imperfecto. La autocompasión implica, entonces, el reconocimiento del sufrimiento y la equivocación como parte de una experiencia humana compartida… algo que todos atravesamos en lugar de ser algo que solo me ocurre a mí.

(Kristin Neff).

En lugar de juzgarnos o herirnos a raíz de la equivocación, una actitud autocompasiva nos invita a entablar un diálogo con nosotros mismos del mismo modo en que lo haríamos con un amigo cercano, un familiar o incluso nuestra pareja. En ese momento de intimidad que nos damos la oportunidad de vivir, un vínculo sincero de perdón y reconciliación nos envuelve. Perdón por lo que hemos hecho o pensado y que ha sido la fuente de nuestro propio dolor, y reconciliación con la persona que somos, la misma que nos ha decepcionado… Pero también con la que no pudimos ser.

Sanar y perdonar las heridas que nos hemos causado como lo haríamos con la ofensa sufrida de manos y bocas ajenas, es un proceso de curación que reafirma la identidad personal, promueve la aceptación de nuestras limitaciones y nos fortalece al hacernos conscientes, primero, de aquello que más nos lastima.

Después de todo, a veces hay que empaparse en lágrimas para contemplar con más belleza el nacimiento de la sonrisa.  


Referencias:
Neff, K. (2016). Self-Compassion. Disponible en http://self-compassion.org/

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